Debería haberlas visto en orden inverso, pero primero vi Rebuilding y luego Omaha.

Ambas películas tienen bastante en común: paisajes desolados en Estados Unidos, pobreza, desesperación de padres que no saben cómo salir adelante, hijos que tienen que asumir situaciones durísimas y adaptarse…

En el primer caso, se trata de un granjero que pierde su rancho en un incendio y lucha por hacer frente a esa situación.

En el segundo caso, se trata de un hombre que ha perdido a su mujer tras una enfermedad, ha caído en la pobreza y es desahuciado por las autoridades.

Ambas películas ponen la piel de gallina, son impactantes y están impregnadas de una tristeza que te acompaña días después de salir por la puerta del cine.

Sin embargo, una historia acaba bien y otra acaba mal. Y la diferencia principal reside en la exietencia o la ausencia de vínculos y comunidad.

En Omaha no hay nada de esto. El padre y sus dos hijos están muy solos. Aparentemente no hay nadie a su lado: ni familia, ni amistades, ni vecinos… nada de nada. La soledad más aterradora, la que nadie quisiera para sí cuando cae en un pozo. Todavía ahora, mientras escribo estas líneas, me siento vapuleada y conmovida por esta película.

En Rebuilding, en cambio, hay esperanza porque hay comunidad alrededor de los protagonistas. El padre no ha roto totalmente con su exmujer y encuentra otras personas que han sido asimismo desahuciadas, con las que establece una relación positiva y de ayuda mutua en un campamento de caravanas. Esta es la clave que les permite “reconstruirse” y tejer proyectos de superación.

Creo que en este momento de la historia que nos ha tocado vivir necesitamos reforzar nuestros vínculos con los demás y generar comunidades resilientes. Somos vulnerables y sólo encontraremos un camino si reconocemos que nos necesitamos y lo trazamos juntos.

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