Habitualmente subo dos, tres o más picos durante el verano. Es una vieja costumbre. Incluso muchas veces repito, porque la montaña que me gusta siempre me parece diferente.
Tal vez el pico que he subido más veces sea el Pedraforca, entre la vía normal del Verdet y las vías de escalada de la vertiente Norte.
A pesar de mi afición, hay picos a los que, al menos en verano, no volvería ni harta vino, como por ejemplo el Neouvielle, en el que quedé saturada de descenso extremadamente pedegroso e incómodo. Tampoco volvería al Aneto, que se ha vuelto complicado, ni al Perdiguero, ahora fuera de mi capacidad, puesto que las dos horas de bloques de granito desde el collado Obago a la cima ya no las resistiría sin daños colaterales.
Pero bueno, vengo a decir que un verano sin cumbres se me ha antojado siempre poco atractivo o al menos incompleto.
Este verano está siendo diferente. Lo voy a acabar a cero cimas, a menos que contemos las bonitas colinas a las que se puede acceder con menos de 300 m de desnivel, como la que subimos ayer: la montaña de la Ermita de Bel-lloc desde Dorres, en la Cerdanya francesa.
Ahora el planteamiento es acompañar a un grupo dispouesto a coronar un pico, hasta donde mi menisco pueda llegar sin consecuencias, las cuales suelen manifestarse en las bajadas, no en las subidas.
Esto fue lo que hice anteayer con el Roc Blanc, en el Ariège (2.541 m.) Éramos un grupo de 10 personas, que partimos del Refugio Forestal de Laurenti (1.616 m.). Dos se quedaron en el lago Laurenti (1.900 m.), uno de los más bonitos de los Pirineos, sino el que más. Otros dos llegaron hasta el collado Laurenti (2.415 m.) y yo me planté en un collado anterior (2.250 m.) para luego dar media vuelta y esperar a los otros en un falso collado herboso, sombreado y acogedor.
Podía haber subido más, pero me impuse la “mirada larga”: había que tener en cuenta también la bajada. Creo que tomé la buena decisión.
En cualquier caso, fueron dos horas de espera tendida en la hierba, contemplando la silueta de las ramas de los abetos recortándose en el cielo, viendo pasar las nubes e intentando descubrir dónde demonios estaba la marmota que tan fuerte silbaba a pocos metros de mí. Fusión con la naturaleza y relax total.
De momento veo que puedo asumir desniveles de 600 metros, a base de 1) motivación, 2) compañía, 3) rodillera, 4) bastones y 5) pastillas antiinflamatorias, con el visto bueno del traumatólogo. ¡Pues ya estoy contenta!
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