Una conocida mía -vamos a llamarla Esther- feminista militante, se quejaba con amargura de que no le habían renovado el contrato. Hacía un año que trabajaba como administrativa en una asociación de mujeres muy potente.
Sí, muy feministas, muy feministas, pero me dejan en la calle– se quejaba de sus compañeras, toda indignada.
Yo la escuchaba intentando poner cara de póker mientras pensaba que qué demonios tendría que ver una cosa con la otra. Si le hubiera tenido más confianza (que no era el caso) y si no me hubiera dado tanta pereza discutir con ella (que sí era el caso) le hubiera sugerido que a lo mejor lo que pasaba era que en la organización no estaban contentas con su trabajo. Y punto. Sin más.
Esa idea ni se le había pasado por la cabeza. Las que le habían dado puerta tenían que ser, forzosamente, unas falsas feministas, unas hipócritas… porque, si no, ¿a santo de qué querían rescindir su contrato?
Me temo que quejarse, indignarse o llorar asegura una cierta empatía por parte de personas bondadosas que tienden a confundir el estar más o menos vulnerable o indignada con el tener razón. Y no es lo mismo. Puede que quien se indigna tenga razón, ¡claro está!, pero bien puede ser que no la tenga.
A menos que haga comedia, de quien llora podemos afirmar que está triste, decepcionada, pesimista, deprimida, etcétera. Por otro lado, si no lloras, pero te muestras indignada, como Esther, hasta puede parecer que eres una persona crítica, valiente, con coraje…
Pero a lo mejor resulta que quienes tienen razón son las otras: las que te dicen lo que no quieres oír, las que se enfrentan a ti, las que te avisan de que no estás haciendo tu trabajo, aquellas a las que atribuyes el papel de brujas malvadas en la película que te estás montando.
Bueno, confieso que esto me da un poco de rabia. Me parece una manipulación, probablemente inconsciente, pero manipulación al fin y al cabo: para esconder las propias debilidades, nada mejor que mostrarse supersensible como manera fácil de atraer las simpatías de los demás. Y, si puede ser, descargar todas las culpas a otras personas.
¿Me estoy volviendo dura y bruja piruja con los años? ¡Espero que no!
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