Hace unos cuantos años estuvo parando en casa un profesor de una universidad colombiana que había viajado a Barcelona para participar en un congreso sobre derechos de la infancia.
Conversando con él acerca de su última investigación sobre los niños y niñas que se dedicaban a la prostitución en su país, confesó que se había llevado una buena sorpresa.
– ¿Sabes? Yo partía de la base que los menores que se dedicaban a la prostitución procedían de entornos muy pobres y lo hacían, sobre todo, por disponer de una manera rápida de dinero para cubrir sus necesidades básicas y las de su familia (comer, pagar el alquiler, sobrevivir…) Y, para la mayoría, ese era ciertamente el motivo principal. Pero lo que yo no me esperaba encontrar era un porcentaje tan elevado de niños y niñas sin problemas de supervivencia, que tenían familia, casa, comida, escuela… pero simplemente querían dinero para poderse permitir unas zapatillas deportivas de marca y otros objetos de consumo. No sentían el mínimo rechazo moral hacia el hecho de vender su cuerpo y su intimidad.
Frecuentemente pienso en estas palabras cuando veo los intentos desesperados de mucha buena gente por encontrar, por ejemplo, explicaciones muy profundas o elaboradas para interpretar conductas violentas, sobre todo si vienen de parte de menores de edad.
¿Y si uno de los componentes -no digo todos, ni el más importante- fuera tan simple y frívolo como el conseguir unas zapatillas de marca? ¿O colgar una foto chula de una fogata en plena calle en instagram? En mi opinión, se trataría de una frivolidad escalofriante, propia de una distopía.
Durante estas últimas semanas, a raíz de los actos vandálicos ocurridos en Barcelona, he leído artículos de diversos autores que refieren este componente de irreflexión y falta de referentes. Recojo algunos párrafos:
Hasta el momento, todo el que la ha liado lo ha reivindicado: lo mismo los atentados mortales que los radicales independentistas, los antifascistas, hasta los antiglobalización nos dejaban claro que su lucha contra el sistema tenía firma. Ahora tenemos que lidiar con lo contrario, con chavales y niños desideologizados que no quieren firmar ni pueden con ninguna reivindicación actos puramente vandálicos y desestabilizadores. Elisa Beni: Nos lo advirtieron
Pero al frente no estaba ningún Atila redivivo, sino adolescentes que manejan mejor la tecnología que su sentido común, el lado oscuro de las redes que la mente clara de su cerebro (…) Estos chicos no parecen actuar empujados por ninguna ideología y se activan por su incapacidad de pensar en el daño que causan y por no disponer de un escudo moral que les disponga a rechazar la barbarie. Marius Carol, El mal como banalidad
Los ejércitos de capucha y zapatilla de marca que se despliegan ahora por nuestras calles, aunque no son exactamente los que actuaron en Milán o París, comparten algo fundamental: no son antisistema: son el sistema mismo (…)
En las aulas de Formación Profesional Básica o las escuelas de segunda oportunidad, donde racistas y racializados comparten pupitre, precariedad y amor al GTA, así como desde pisos tutelados y otros lugares de protección y asistencia a la infancia y la adolescencia, los educadores y agentes sociales hemos sido testigos de un suceso cruel y amargo: la creación de una retaguardia que no sabe que lo es. Lo que no podíamos intuir es que la iban a usar ya. Dolores Almudéver: Arde Europa. Convocatoria abierta para adolescentes vulnerables.
Es muy duro, pero peor sería ignorarlo.
La foto que acompaña este texto es de Jordi Cotrina para El Periódico del 1 de noviembre de 2026.
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