Creo que empiezo ya a hacer lo mismo que hacía mi suegro, que de vez en cuando te soltaba: Ya se que te lo he contado antes, pero es que me gusta explicarlo… Y te volvía a relatar una anécdota que para él tenía un significado especial.

Pues para mí tiene un significado especial la peor experiencia docente que tuve hace muchos años. Fue en una Facultad de Bellas Artes. Venga, que la cuento otra vez:

Un profesor universitario, inasequible al desaliento, me invitó a hablar con sus alumnos de la asignatura de Pedagogía del Arte sobre un proyecto educativo que yo había estado coordinando y que a este profesor le gustaba mucho.

Sus alumnos cursaban el último año de carrera y el proyecto que yo les iba a contar se llamaba Compartir. Era una propuesta pedagógica en el marco de la educación no formal  cuyo objetivo era estimular al mismo tiempo la creatividad y la generosidad a través del arte.

La propuesta la había estado coordinando yo durante un año, habían participado muchas entidades, niños, niñas y adolescentes y había sido valorada como un éxito. Para explicarla con detalle, llevé materiales, vídeos, diapositivas y bastante entusiasmo.

Bueno, pues la presentación a los estudiantes de Bellas Artes -unos 70 u 80- fue un fracaso, un desastre. Muchos no tenían ningún interés y abandonaron el aula a los pocos minutos.

Los alumnos y alumnas que se quedaron un poquito más intervinieron criticando -mejor diría descalificando- duramente la propuesta educativa.

Su argumento principal era que la creatividad no se podía educar, la posees o no la posees y, en cualquier caso, no solamente no tiene nada que ver con la generosidad, sino que no debe tenerla: se trata de algo íntimo e individual que nace del ombligo de cada uno.

Bueno, la situación debía dar bastante pena, porque cuando acabé la clase y ya estaba recogiendo, un par de chicas majas se acercaron y me consolaron -eso sí, en voz muy baja, para no ser oídas- musitando: a nosotras sí que nos ha gustado…

A posteriori, el profesor me comentó que la mirada individualista y narcisista era por desgracia muy frecuente en el sector. ¡Pues ya podías haberme avisado antes!, pensé. Bueno, la verdad es que me quedé bastante frustrada.

Pero creo que hasta cierto punto esa actitud reflejaba un estereotipo imaginario del artista individualista y tal vez algo asocial, al que debemos tolerar su egocentrismo ya que, precisamente gracias a eso tiene la capacidad de desarrollar su arte innato.

Sin embargo, esto no es así. La generosidad no está reñida con la creatividad artística, científica, tecnológica o de cualquier otro tipo. La creatividad florece y se vuelve luminosa cuando se pone a encarar o resolver problemas del entorno, que afectan a las personas. Además, generosidad y creatividad configuran una alianza balsámica y poderosa en estos momentos de pandemia.

Una pequeña y significativa muestra de ello es la eclosión de proyectos de aprendizaje-servicio reinventados o creados desde cero durante el tiempo de confinamiento.

Si la creatividad es la imaginación puesta a trabajar, el aprendizaje-servicio orienta la creatividad a trabajar en la mejora de la sociedad. ¡Creatividad generosa y generosidad creativa!.

Sin esta mezcla no cambiaremos el rumbo de nuestra civilización, enquistada y empeñada en la desigualdad social y el deterioro del planeta.

La foto que acompaña este post es del concierto #SOLOLEPIDOADIOS, producido por Destino San Javier en el que participaron  Leon Gieco, Chaqueño Palavecino, Los Tekis, Sergio Galleguillo, Patricia Sosa, Ahyre, Marcela Morelo, Nahuel Pennisi, Fabricio Rodriguez, Los Nombradores del Alba, Los 4 de Córdoba, El Indio Lucio Rojas, Facundo Toro, Nacho Prado, entre otros.

 

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