Primero pensé que estaba loco. Creí que era un megalómano desquiciado. Y confiaba en que aquellos que le rodeaban frenaran su comportamiento errático y sus amenazas.  Bueno, eso no ocurrió. Mantiene una corte amplia de vasallos que le ríen todas las gracias, que le hacen la pelota y que no se atreven a decir en voz alta que el rey está desnudo.

Luego pensé que no. Que no es que estuviera loco, sino que era una mala persona. Considerarle un loco era considerarle un enfermo y, por tanto, llegar a exculparle de sus actos. Pobre, ya no sabe lo que hace… Pero sí que sabe lo que hace. Creo que la maldad existe y no es sinónimo de psicopatía.

Finalmente, llego a la conclusión que es una mala persona y, además, está como una cabra. Ambas cosas me parecen ahora totalmente compatibles. No hay día que no amanezca con un nuevo disparate teñido de crueldad. Su egoísmo es tal que no es capaz de ver el mundo de manera objetiva y frecuentemente emprende acciones que le perjudican a él directamente.

Además, ha sido lo suficientemente hábil como para seducir y arrastrar a la maldad a muchas personas de su entorno, las cuales, probablemente, no son perversas como él… en fin, “la banalidad del mal”.

¡Qué miedo! Hace apenas tres semanas, en un pueblecito de la Serranía de Cuenca compartimos una cena con un matrimonio de mediana edad de Ohio, al que habíamos conocido en el hostal donde nos hospedábamos.

Eran dos personas jubiladas con capacidad económica suficiente como para pasar temporadas en el sur de Portugal y luego viajar por Europa. Agradables, deportistas y cultas.

Después de la típica conversación sobre sus viajes y los nuestros, sobre la experiencia de jubilación, sobre paisajes, gastronomía y patrimonio, me atreví a preguntarles su opinión sobre el susodicho.

Ni una sombra de duda, ni una mínima vacilación. Le admiraban, creían que era muy buen presidente porque no es un político, sino un empresario; porque es un hombre fuerte y los débiles no nos gustan; porque ha parado la inmigración; porque Irán es nuestro enemigo; porque la historia demuestra que se avanza y se vence con la fuerza, no con el diálogo…

Si acaso -reconocían- lo que le ocurre es que a veces no se expresa bien y no se entienden bien sus legítimas intenciones. Acabáramos: ¡ahora será un déficit de capacidad comunicativa!

Nos preguntaron qué nos parecía a nosotros. Nuestra respuesta no fue beligerante, aunque nos la pidiera el cuerpo. Era tarde, los acabábamos de conocer y a veces una no tiene ganas de meterse en un jardín. Sólo les dijimos que no entendíamos cómo una persona como él podía ser presidente de un país.

Claro -concedieron- ¡es que desde Europa no se entiende!.

¡Ojalá no lo entendamos nunca!

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