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Hace unos días, en una conferencia en Lleida, estuve relacionando el aprendizaje-servicio con los 7 principios del aprendizaje señalados por la OCDE, publicados en The Nature of Learning: using research to inspire practice e ilustrados en una estupenda infografía de la Fundación Jaume Bofill, a modo de orientaciones educativas para el siglo XXI.

Me detuve especialmente en el principio número 3, el que defiende que las emociones son parte integral del aprendizaje: En el entorno de aprendizaje, es fundamental que los docentes estén en sintonía con las motivaciones de los alumnos y con el papel clave que tienen las emociones en el logro de resultados.

Si le dediqué especial atención es porque pienso que se trata de un principio que, convertido en mantra, puede derivar en un gran equívoco. Me refiero a la sacralización de lo emocional en educación.

Educar las emociones no deja de ser un entrenamiento en el equilibrio, porque, a menos que renunciemos a vivir con los demás, educar nuestras emociones implica reconocerlas, conducirlas y, frecuentemente, dominarlas (o reprimirlas, que es una palabra más fea, pero quizá más sincera). Las emociones son como el viento y necesitan el timón de la razón. Sin viento no avanza el velero, pero sin timón la nave puede ir a la deriva.

El riesgo principal creo que radica en sobrevalorar las emociones surgidas del propio ombligo (del yo, mí, me, conmigo…), prestarles una atención y credibilidad excesiva.  Paradójicamente, focalizarnos en ellas a veces nos impide escuchar y comprender las emociones del otro.

En los proyectos de aprendizaje-servicio los chicos y chicas desplazan las emociones de su ombligo para abrirse al encuentro de los demás, desarrollando su empatía y aprendiendo a amar a quien es diferente.

A modo de ejemplo, tres proyectos de aprendizaje-servicio que han sido premiados este año nos aportan ejemplos luminosos de entrenamiento emocional:

  • En el proyecto Luz y color para dignificar el espacio, del IES La Cabrera, alumnado de secundaria se propone mejorar la calidad de vida en el entorno a través de la luz y el color, realizando intervenciones en el propio centro escolar, en la población donde viven y también en el campo de refugiados de Tindouf, colaborando con el Ayuntamiento de La Cabrera, la asociación APAFAM y la Asociación de Amigos del Pueblo Saharahui.
  • En el proyecto Safalud, del Colegio Safa-Grial, estudiantes de Ciclo Formativo de Grado Superior de Dietética elaboran materiales y dinamizan actividades y recursos entorno a la dieta mediterránea con niños y niñas de Primaria y sus familias, a  fin de mejorar su conducta alimentaria y prevenir la obesidad infantil y las enfermedades asociadas.
  • En el proyecto La Llavor d’Amigó, de la Fundació Amigó, un colectivo de adolescentes apoya a otro colectivo de mujeres inmigrantes africanas a través de compartir la creación y mantenimiento de un huerto urbano con ellas, a fin de apoyar la labor social y trabajo de campo que lleva a cabo su asociación, poniendo en valor su cultura y saberes y colaborando con viveros de la localidad y alumnado del Colegio El Armelar.

Cuando oyes hablar a los chicos y chicas de estas experiencias, no te cabe duda de que ocupan un lugar relevante en su educación emocional: la que se desplaza del propio ombligo para fraguar en el descubrimiento del otro.

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