En un post reciente, el economista Juan Torres López -del que soy fan absoluta- afirmaba: He decidido rechazar las etiquetas y prefiero considerar que «los míos» no son los que llevan una u otra, sino las buenas personas y quienes, como he dicho, actúan con generosidad para mejorar las condiciones de vida de sus semejantes, sea cual sea el camino que hayan elegido para ello.

Pocos días después, Nelly Zaitegi compartía en FB un artículo espléndido del año 2023, de Irene Vallejo, el cual, a su vez, contaba la anécdota de una tertulia televisada en la que la escritora Gloria Fuertes no tuvo reparo en desvelar: A mi sólo me erotiza la gente buena. Lamenta la autora que salvo en las monsergas a los niños que incordian —¡pórtate bien!— o agazapada en la sobredosis de almíbar navideño, la bondad tiene una reputación aburrida, insulsa, moralizadora y pusilánime.

Y esta mañana Cloty López nos ha circulado un artículo de David Lorenzo Cardiel, Cuando los buenos actúan, donde revela que la bondad es trivial, nada ruidosa ni espectacular: la banalidad del bien.

La memoria me ha conducido a la película de Isabel Coixet Mi vida sin mí.  La protagonista, que sabe que morirá pronto, lleva a cabo una acción altruista, de pura bondad y, sin embargo, no es una persona extraordinaria, sino absolutamente normal. El bien lo hacen personas normales, muchas personas normales. Hay que recordar a Rutger Bregnam: el mal es más fuerte, pero el bien es más abundante.

Aunque nos de vergüenza utilizar un concepto que parece decimonónico, la verdad es que el mundo sería mucho más oscuro, inclemente y despiadado sin personas sencilla y anónimamente buenas. ¡Sería buena idea empezar a hablar claro y dejar de retorcer el lenguaje! La buena gente es la que necesitamos a nuestro lado para sobrevivir estos cortos cuatro días que tenemos. Punto.

Por eso vale la pena agudizar los sentidos para percibirlas, porque el mal es estridente y para que se nos contagie un poco de aquello que desbordan y que nos produce felicidad.