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Me gustaría creérmelo, pero me cuesta mucho. Me gustaría que fuera posible una clase donde los chicos y chicas usaran su móvil con criterio y madurez para aprender, construir y compartir sus conocimientos con los demás; donde no consultaran el whatsapp para cotillear todo el santo rato; donde no saltaran de una distracción a otra; donde no buscaran vídeos pornográficos para alimentar su curiosidad sexual…

Pero estoy segura que yo no sabría, como educadora, competir con todo esto. Estoy segura que no podría plantear actividades y usos educativos del móvil en el aula suficientemente atractivos como para que mis alumnos abandonaran encantados los usos no sólo mas frívolos, sino los francamente contraproducentes.

Y no sabría hacerlo porque no soy superwoman, no puedo luchar contra todo y porque debo distribuir mis energías y mis neuronas, escogiendo bien cuántas y cuáles batallas soy capaz de librar. No me sirve mucho la respuesta condescendiente de que “no hay que prohibir, sino que hay que saberlos motivar para que apaguen el móvil”. Con perdón, pero este consejo me resulta tan poco realista  como si me cuentas que hay que saber motivar a un alcohólico manteniendo a mano la botella de whisky.

Y, además, da la casualidad que amo la concentración y no soporto (esto ya es más una manía personal) la dispersión, esa dispersión pasapantallas que acaba generando tanto ruido y tan poca capacidad de escuchar realmente al otro.

Para acabarlo de arreglar, yo misma -mea culpa- me reconozco adicta al móbil. Es entrar en el metro o el autobús y mirar el twitter, el facebook o el correo electrónico. Antes llevaba un libro en el bolso y los desplazamientos los aprovechaba muchas veces para leer con cierta tranquilidad. Ahora no y en esto reconozco una adicción, lo mires como lo mires.

Dice el profesor Vicenç Navarro, catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la  Universitat Pompeu Fabra, que la utilización del móvil no es tan inocua para la salud como aparenta. Un  argumento más para no considerarlo una herramienta neutral.

Afirma Catherine L’Ecuyer, autora de Educar en el asombro y Educar en la realidad (dos libros maravillosos, que recomiendo fervientemente) que los niños pueden perder la capacidad de percibir y disfrutar con la belleza de las cosas reales, saturados como están por los estímulos que les proporcionan las nuevas tecnologías.

Lo siento, queridos amigos entusiastas de las tablets y los móviles como herramientas de aprendizaje: os admiro, pero a riesgo de parecer una retrógrada de mucho cuidado, estoy de acuerdo con prohibir los móviles en el aula y en el patio. Entre la bandera del prohibir no funciona nunca y la bandera del prohibir es la solución, yo soy de las que asume que prohibir a veces funciona.

Ahora bien, por favor, por favor: el docente poseedor de la fórmula del uso del móvil autocontrolado y responsable por parte de su alumnado, que la comparta en cuanto pueda: que unos cuantos seamos incrédulos no quiere decir que seamos talibanes y no podamos admitir humildemente que nos hemos equivocado.

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