El profesor TornasolInevitablemente, al inicio del curso académico, me asalta la duda de si algunos docentes nos estaremos pasando con el espectáculo.

¿Hasta dónde va a llegar nuestro esfuerzo en hacer atractivas las clases, en mantener la fragil y voluble atención de los estudiantes?

¿Debemos aceptar  con resignación una dificultad increscendo en concentrarse y fragmentar la clase en pequeños clips para que no se distraigan, no se duerman, no se dispersen…?

¿Es razonable alimentar esta tendencia en convertir la clase en espectáculo más o menos trufado de trabajos en grupo? Porque parece que cada año necesitamos hacer más juegos malabares para mantener el interés del grupo…

Tengo la impresión de que no vamos bien. No todo puede ni tiene que ser divertido en materia de aprendizaje. Hay que encontrar sentido incluso a escuchar una explicación que tal vez resulte aburrida… ¡terrible palabra en la sociedad del dámelo-todo-hecho!.

No siempre todo lo que hay que aprender aparece interesante inmediatamente, sino que a veces se requiere una exploración lenta y esforzada y no entrenarse en ello pasa factura.

Desgraciadamente, me reconozco cómplice de esta tendencia y esto me produce malestar. A mi me gusta el espectáculo, disfruto demasiado con ello, y muchas de mis clases tienen probablemente más de actuación teatral que de otra cosa.

Pero los fuegos artificiales son bonitos sólo para un ratito, porque no fomentan la capacidad natural de escuchar atenta y empáticamente a las personas que nos rodean. 

En exceso, nos pueden anestesiar y volvernos impermeables frente a las emociones sencillas. Pueden llegar a ser un desastre pedagógico.

 

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