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¿A quien puede gustarle tomar un vino delicioso en un vaso de plástico? ¿Una paella insuperable con cubiertos oxidados? No, no me sirve eso de que lo importante es el contenido de un escrito y que fijarse en la forma es una frivolidad. ¡No lo es en absoluto!

Claro que no me refiero a la ortografía y la gramática, que eso ya ni hace falta discutirlo. Me refiero a tener en cuenta un título atractivo, párrafos que no sean largos como butifarras, saltos de página que no dejen atrás líneas huérfanas;  tamaños de letra amigables, esquemas y fotos que pongan color a las palabras, portadas seductoras cuando podemos ponerlas… y, por supuesto, una extensión razonable, desprovista de paja, sin párrafos hinchados.

Me da bastante rabia leer proyectos que son una maravilla envueltos en la dejadez, aunque ortográfica y gramaticalmente sean correctos. ¡No lucen! ¡No brillan! A ver, ¿qué cuesta hacer las cosas bonitas a la vista? No, no hace falta ser un diseñador profesional. Por poco esfuerzo que represente yo creo que nos sale a cuenta cuidar la estética de lo que escribimos, por lo menos por estas razones:

Por satisfacción personal y pura autoestima: cuando redondeas un documento dándole un aspecto cuidado y agradable te lo quedas mirando, sonríes y dices ¡caramba, que bien me ha quedado!. Te sientes contenta y orgullosa, te alegra el día. ¡Sólo por eso ya firmo!

Por facilitarle la vida a la gente: para darles también una alegría a las personas que van a leerlo, para compartir la belleza, para que les resulte más placentero explorar los contenidos del texto. En definitiva, por empatía con el lector. Los textos bonitos iluminan el camino, los textos desagradables lo entorpecen.

Por fijarlo en la memoria: un texto estético lo recuerda mejor tanto el que lo ha escrito como el que lo ha leído. Y en este mundo de distracciones y dispersión sin límites los recuerdos son un tesoro. Si elaboramos un texto para compartirlo es porque creemos que vale la pena. Y si creemos que vale la pena, no tiene sentido hacerlo de tal manera que sea fácil de olvidar de lo feo que es.

Por la imaginación que genera la belleza: un documento cuidado hace soñar, sugiere muchas más ideas que un texto farragoso y dejado, favorece la construcción de más textos: tiene un efecto de resonancia creativa que la fealdad ignora.

La belleza y la bondad auténticas van de la mano. No intentemos justificar la fealdad aludiendo a la bondad.

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