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Hace unos días, en una actividad de formación para docentes, estábamos compartiendo estrategias para arrancar las reuniones de padres y madres con pequeños  trucos divertidos o motivadores, aquellos que enganchan al público a la primera. Para subir la moral, vaya.

Un profesor me sorprendió con una observación que, francamente, no se me había ocurrido. Sugirió que el uso de estos recursos de animación podía ser una fuente de problemas, por el hecho de marcar diferencias entre los educadores.

Bueno, efectivamente los recursos que estábamos compartiendo requerían aptitudes diversas, porque se podía escoger entre proponer un juego breve, contar una anécdota, presentar un objeto simbólico, proyectar una noticia impactante… y, lógicamente, cada persona se siente más hábil y cómoda dinamizando unos recursos y no otros…

El hecho de que los docentes se diferenciaran entre sí con este tipo de recursos, argumentaba el profesor, podía romper la imagen homogénea del centro educativo frente a las familias. Me pareció una reflexión interesante, aunque no la comparto, claro.

Así que le dije que, como madre, me hubiera encantado que un profesor de matemáticas me sorprendiera entrando en la reunión de padres tocando la trompeta. Es evidente que no todo el mundo toca la trompeta, pero si alguien sabe hacerlo y con ello despierta la atención y arranca una sonrisa, ¿en qué se resiente la imagen del centro? Más bien lo contrario, ¿no?

Sin embargo, creo que el punto de vista de ese profesor está bastante extendido en el sector educativo y no sólo entre el profesorado. Muchos chicos y chicas intentan no destacar en nada en la escuela para así ser aceptados por sus compañeros. ¡El aurea mediocritas protege y reconforta!

La aspiración a una educación igualitaria y comunitaria no puede construirse borrando o escondiendo los pequeños tesoros que posee cada persona en forma de aficiones, habilidades o talentos. Por el contrario, pienso debemos sacarlos a la luz, compartirlos y disfrutarlos todos juntos.

Parece que nos cuesta encontrar el equilibrio entre el individualismo egocéntrico y el comunitarismo uniformador. Y como nos da miedo caer en el egoísmo, el culto a la personalidad y otras maldades, nos pasamos tres pueblos intentando que nadie destaque por encima de nadie.

Lo que perdemos con eso se mide en menos sonrisas y menor disfrute de la diversidad.

 

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