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Una de las primeras fronteras que salta por los aires, en la convivencia con un familiar con Alzheimer, es la que marca el límite ético entre la verdad y la mentira.

¿Qué sentido tiene decir la verdad a una persona que no puede entenderla? ¿O que, en el caso de que pudiera entender algo le generaría una ansiedad o un dolor injustificable?

Tal vez al principio, en estadios incipientes de la enfermedad, o cuando todavía nosotros mismos no hemos asumido lo que está ocurriendo, nos sigue incomodando decir mentiras. Intentamos seguir siendo personas sinceras pase lo que pase.

Pero con el avance del deterioro cognitivo de la persona, aprendemos a aparcar la verdad y reservarla para otras ocasiones. Aprendemos a mentir por compasión. Aceptamos que no vamos a merecer el premio a la sinceridad. Poco nos importa ya ese premio.

Aprendemos a no prohibir, porque las negativas la desconciertan y alarman emocionalmente, sino a reconducir la situación con palabras que todavía puede entender. Inventamos mentiras útiles, balsámicas, que funcionan… el verbo es funcionar.

Para protegerla de ella misma, combinamos artísticamente conceptos simples: esto quema o pica, o es muy caro  o está muy lejos… se ha ido al fútbol, está en la peluquería, pasará mañana.

Aprendemos a no castigar o, dicho en lenguaje pedagógicamente correcto, a no aplicar consecuencias, porque no existe ya la posibilidad de escarmentar, propia de las personas que conservan su capacidad de razonamiento lógico.

Con el Alzheimer aprendemos a transitar por la cara oscura y oculta de la luna, la que no se ve en esta preciosa fotografía, que me ha enviado el amigo José Luis Casal: ¡la primera luna llena navideña en 38 años!

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