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Ayer fui al cine a ver Un día perfecto, esta gran película de Fernando León de Aranoa. La encuentro buenísima, sin ser perfecta. De hecho, ¿qué demonios es la perfección, en una obra de arte?

Pero me ha costado encontrar una crítica equilibrada, hasta dar con la de la Revista Atticus, cuyo análisis suscribo totalmente: Como en un juego de muñecas rusas, es un drama dentro de una comedia, dentro de una road-movie, dentro de una película bélica…

Del autor sólo ví en su momento Barrio, y también me encantó. Si yo tuviera el talento necesario, escribiría un guión sólo para que este señor hiciera con él una película.

De Un día perfecto me gustan los personajes, el argumento, los paisajes desolados, la música, esa mezcla de realismo y humor negro que nunca llega a ofender. Me irrita tanto como a los protagonistas la estupidez burocrática de las autoridades, algo que la película refleja con maestría.

Y una de las cosas que más me gustan es la secuencia final, con la lluvia empapándolo todo y la tremenda ironía de constatar cómo a veces los problemas se resuelven por azar, y no como resultado de la acción de aquellos que los deberían resolver.

Para rematar la cosa, Where have all de flowers gone, de Pete Seeger, acompaña este cierre, una canción que me harté de tocar y cantar hace mil años. Cada vez que pienso que se me han olvidado las canciones folk y los espirituales negros  -¡ya nadie les llama así!- me tropiezo con alguna de ellas.

Tal vez son eternas…

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