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Justo estaba yo volviendo de Zermatt, en los Alpes suízos, cuando vuelven a emitir por la televisión el episodio en que subes a Santi Millán al Cervino, la montaña mítica.

Como siempre me pasa cuando me tropiezo con algún programa marca Jesús Calleja, me quedo absolutamente enganchada. No sólo por la montaña, pasión que compartimos, sino porque comunicas de maravilla, me resultas auténtico y me caes muy bien.

Bueno, y si encima haces tándem con Santi Millán -¡otro seductor!- entonces ya es para espachurrarse en el sofá y olvidarse de todo…

Pero mira… ¡que lo de subir a Millán al Cervino no lo veo claro! Estoy de acuerdo contigo en que sin riesgo no hay aventura.  Yo añadiría que sin sentido común, tampoco.

Uf, ya sé que es difícil tensar el atrevimiento admirable sin cruzar la raya de la temeridad absurda. En el caso del Cervino, aunque fuerais apoyados con dos guías, y Santi Millán sea un buen deportista… no habiendo escalado nunca, me parece, y te lo digo con todo el cariño, que esa raya se cruzó.

Por si fuera poco, ¡encima se te puso a hacer mal tiempo! Y, para redondear, cerraste el episodio en la cima, cuando en realidad, el descenso es casi siempre lo más peligroso.

Será deformación profesional, pero me preocupa el mensaje que transmite tu aventura en el Cervino. Me da la impresión que banaliza la alta montaña, a la cual siempre hay que tener respeto.

No voy a dejar de seguir tus hazañas, porque las disfruto. Lo que ocurre es que sólo el hecho de disfrutar de un buen espectáculo no me justifica cruzar la raya.

¿Es posible alcanzar un equilibrio entre el espíritu aventurero y la mínima humildad que nos hace reconocer nuestros límites?

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