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SoberbiaHacía mucho tiempo que no me encontraba con una persona tan soberbia y confieso que al principio casi no podía dar crédito a lo que estaba pasando.

Destilaba el perfume del que se siente poderoso y temido.

Juzgaba taxativamente sin apenas escuchar argumentos.

Ni siquiera se daba cuenta de que no entendía suficiente en aquello que se creía preparado para opinar.

Por supuesto, interrumpía y no dejaba pasar una frase sin deslizar alguna descalificación o alguna ironía pretendidamente demoledora.

No correspondía en absoluto a la paciencia y el respeto con el que era escuchado por las otras personas presentes en el encuentro.

Miraba fijamente, sin pestañear y la sonrisa era de conmiseración hacia el interlocutor. Tal vez esperaba que éste bajara los ojos, cosa que no ocurrió.

Era un maleducado culto, tal vez la peor mala educación que existe. Toda arrogancia es odiosa, pero la arrogancia del talento y de la elocuencia son de las más desagradables, dijo Cicerón.

Y, sin embargo, al salir de la reunión pensé que había sido una experiencia fortalecedora.

Entrené el autocontrol para no caer en la provocación; el ingenio para encontrar las frases adecuadas; la conciencia del cuerpo para evitar regalarle señales de fatiga, derrota o abatimiento; la memoria para recordar que lo que está hinchado parece grande, pero no está sano.

En definitiva: estar rodeada de gente maravillosa es un regalo del cielo, pero de vez en cuando hay que curtirse con arrogantes. ¡Entrenan lo que no está escrito!

 

 

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