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La nevada insólita que cayó en Barcelona y en toda Cataluña el pasado lunes 8 de marzo ha causado un caos extraordinario en la vida cotidiana, los suministros de energía y los desplazamientos.

Durante éstos últimos tres días no hemos hablado de otra cosa. Más que hablar, sobretodo nos hemos quejado, lamentado, enfadado e indignado.

En parte, con razón, puesto que ha sido evidente  una cierta lentitud en la toma de decisiones por parte de las autoridades responsables. Además, no se tiró a tiempo la sal que se debiera haber tirado en las carreteras. Además, no se impidió drásticamente y a tiempo el desplazamiento en algunas zonas cuando lo sensato hubiera sido ya ni entrar en ellas. Pues sí,  hubo fallos en abundancia. Y sin embargo…

Es absolutamente comprensible que una nevada de tal magnitud cause destrozos y provoque infinidad de problemas, por mucha precaución que tengamos. Ha sido un fenomeno totalmente anormal.

Por poner un ejemplo, no es lógico que Barcelona tenga una flota de doscientas máquinas quitanieves, porque casi no nieva nunca y, cuando lo hace, no cuaja.

Pero los medios de comunicación se han volcado a recoger las malas pulgas de todo el mundo. La queja generalizada, a ser posible adornada de descalificaciones, es tremendamente atractiva y fotogénica.

Aparte de las siempre simpáticas fotos de los niños y niñas tirándose bolas de nieve y felices de la vida, los demás nos hemos mostrado ante las cámaras como una ciudadanía indignada, enfurecida, nerviosa, cabreada y amargada.

Me temo, y esto ya no tiene que ver directamente con la nevada, que la resaca de la prosperidad y la comodidad de los años pasados nos ha reblandecido el espíritu y tal vez sospechamos que alguien está pisándonos algún derecho cada vez que sufrimos una molestia.

La nevada nos demuestra que no estamos preparados para superar las adversidades. Y, por el contrario, siempre estamos dispuestos a esperar que Papá Estado nos resuelva la papeleta. Por eso me quiero sumar a la campaña Esto sólo lo arreglamos entre todos. Creo que es providencial. Hay que sacudirse la desconfianza y la indignación fotogénica cuanto antes.

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