Cuando mi hija era pequeña acostumbraba a decir, para mi sorpresa, que su madre tenía mucha paciencia. No sé de dónde lo sacaba. Ni que decir tiene que su padre no pensaba lo mismo y con razón: la paciencia no es, precisamente, una virtud en la que yo vaya sobrada. Nunca lo ha sido.

Sé que necesito mejorar en esto y por ello me he tomado mi rotura de menisco como un entrenamiento de paciencia, que buena falta me hace.

Lo que tengo se llama meniscopatía interna, con rotura del cuerno posterior de la rodilla izquierda. Suena fatal. No se me rompió de repente, al menos yo no lo noté así, sino que creo que ocurrió en dos episodios, separados por una semana.

Sábado 21 de marzo: primer episodio. Estaba esquiando, en una de las pocas veces al año que practico este deporte. Sólo pistas azules, nada difícil, algo así como ir bailando el vals haciendo eses por una capa de nieve perfecta. En una curva noté un tironcillo en la rodilla. No le hice caso, aunque la pequeña molestia no despareció del todo.

A finales de la semana siguiente tenía una carrera de 10K en Valencia, que me hacía mucha ilusión. Me estuve entrenando para ella nada menos que en la serranía de Cuenca, con bastante prudencia porque el pequeño dolor no había desparecido. Era tan tenue que no me despertó ninguna alerta.

Domingo 29 de marzo: segundo episodio. Hice la carrera, muy llana y disfrutona, sin forzar el ritmo, por si acaso. Pero al cruzar la meta se me despertaron todos los demonios. Ahí comprendí que me había hecho daño de verdad. Ya no pude caminar sin dejar de cojear.

No fuí al médico inmediatamente, porque durante la semana siguiente estuve ejerciendo de abuela y pensando que lo que tenía era una tendinitis o algo parecido y no era tan urgente. Cuando volví a casa fuí al traumatólogo y me envió a hacer una resonancia, con el resultado de la rotura del menisco.

Me dio dos opciones: o te esperas cuatro meses a ver qué pasa, en septiembre hablamos y a lo mejor te operas; o te operas ya. Como he dicho, soy impaciente, así que para mí esperar no tenía ningún sentido: Pues me opero. Y me operó el 27 de abril. Una noche de hospital y aire, a rehabilitarse con fisioterapia y compresas de hielo durante unos cuantos meses.

Llevo ya dos semanas y cuatro días rehabilitándome y ya estoy hasta el gorro. ¡Suerte después de la operación me dejaron apoyar el pie desde el principio, con dos muletas! Estuve así una semana y luego me pasé a una sola muleta. He empezado la fisioterapia de recuperación.

He tenido que renunciar a carreras, excursiones y travesías de alta montaña que tenía previstas y que me hacían muchísima ilusión. No estoy desanimada, porque veo progresos -aunque bastante lentos- y porque tengo muchas amigas y amigos que sufrieron el mismo problema y me cuentan lo bien que se recuperaron.

Hace cinco días pasé a caminar ya sin muletas y hoy la fisio ya me ha clavado bronca. ¿Cómo que sin muletas? ¡Tienes que llevar por lo menos una durante dos semanas más!. Porque si no, bla, bla.

¡Las pruebas de paciencia van subiendo de nivel! Pero de perdidos, al río: caminar más lentamente permite que me fije más en lo bonitos que están los parterres floridos en algunas calles de la ciudad y reconocer algunas flores, como la de la foto que acompaña mi rodilla: es una Dietes grandiflora.

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