Hace pocos días, en el grupo de amigas que compartimos el café del viernes, surgió el tema de las tareas desagradecidas que comporta cualquier trabajo por mucho que te guste. ¡El trabajo 100% creativo y divertido, disfrutando todo el rato, no existe!

Una vez se acepta esta realidad, la cuestión es cómo afrontarla. Aguantar con cara de vinagre, a ver si pasa rápido y quejarse más de diez minutos, es una opción, pero genera muchas veces tanta frustración como la propia tarea desagradable.

Una de las amigas nos contó su experiencia de cuando trabajaba en un laboratorio:

Hacíamos unos análisis que duraban tres o cuatro días, en los que uno de los pasos más pesados y aburridos era tapar viales.

Eran viales de 5 ml que estaban colocados en cajas de cartón de 10×10. Teníamos que tapar cada día pilas de 500 y 1000 viales.

Los viales eran frascos de cristal transparente con un filtro dentro y un líquido también transparente, tolueno, que era tóxico de respirar. Por eso teníamos que darnos prisa en tapar los viales.

Normalmente se dedicaban a esta tarea dos o tres personas, dependiendo de los viales a tapar. Las cajas de cartón estaban apiladas bajo una campana de extracción y poníamos los tapones en una mesa de trabajo junto a la campana.

El trabajo consistía en coger una caja de viales, ir a la mesa de trabajo, levantar un poco cada vial, enroscarle el tapón y bajarlo de nuevo al mismo lugar de la caja. Los viales estaban numerados, tenían su sitio preciso y no te podías equivocar de posición.

A nadie le gustaba ese trabajo monótono y aburrido, de manera que se nos ocurrió amenizarlo montando una carrera a ver quién iba más rápido y tapaba más viales. La que perdía metía un duro en un bote específico de “multas”.

Yo competía a menudo con una compañera, que ahora es una de mis mejores amigas, la cual, mientras tapábamos viales, iba cantando canciones del momento.  Yo la ganaba muchas veces, pero se dio cuenta de que si la canción que cantaba era de Serrat o de Pi de la Serra yo estaba callada disfrutando de su canto y acababa ganando, pero si la canción era de la Pantoja yo no paraba de hacer gestos y comentarios adversos sobre la letra de la canción:  eso hacía que fuera más lenta a la hora de tapar y entonces era ella la que ganaba.

Así tapamos millones de viales para obtener resultados de una analítica que ahora ya es obsoleta y ha dejado de practicarse. Pero todo el equipo recordamos aquella época como muy divertida y feliz. Nos lo pasamos muy bien compitiendo y luego en los encuentros que hacíamos con el dinero acumulado en el bote de las multas…

La anécdota de nuestra compañera recordaba una situación parecida que yo viví como monitora en unos campamentos con adolescentes. Hacíamos turnos por equipos de cuatro personas para lavar los platos, mientras el resto del grupo jugaba o descansaba.

Nos inventamos un programa de radio de canciones dedicadas. Mientras enjabonábamos, enjuagábamos y secábamos los platos, uno hacía de conductor del programa y los otros íban llamando uno por uno pidiendo canciones concretas que todos teníamos que cantar. Al final del campamento, muchos adolescentes comentaron que aquel turno de lavar platos había sido uno de los momentos en que más habían disfrutado.

Cuando no queda otra que hacer lo que toca y lo que toca no es particularmente interesante, darle la vuelta jugando y cantando es una opción bastante mejor que amargarse.

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