Como cada 8 de marzo, fui a la mani. Una vez más, tuve que escoger a cuál, porque había dos. Escogí la minoritaria, la llamada “de las feministas radicales”, aunque yo de radical tengo más bien poco.

Si escogí ésta es por su posicionamiento a favor de abolir la prostitución y en contra de alimentar la fantasía de que ser mujer es un sentimiento y no una realidad biológica. Coincido al 100%.

Pero la verdad es que me hubiera gustado participar en una manifestación unitaria, tal como había sido posible años atrás.

¿Tan difícil es ponerse de acuerdo en compartir la manifestación?  Porque, aunque existan discrepancias profundas entre ambos colectivos, en muchos aspectos se puede coincidir perfectamente, como, por ejemplo:

  • En la defensa de los derechos laborales y los derechos sociales básicos como la vivienda, la salud o la educación, cuya carencia castiga especialmente a las mujeres.
  • En la reivindicación del respeto y el buen trato entre mujeres y hombres y, por tanto, en la condena hacia el acoso sexual y laboral y la violencia contra las mujeres.
  • Incluso en el tema de la prostitución, abolicionistas y no abolicionistas estarían por lo menos de acuerdo en condenar el tráfico y la explotación.

Pero, una vez más se perdió, a mi parecer, una ocasión de unidad y de fortalecimiento.

Las feministas que creen que la prostitución se tiene que regular y que ser mujer es un sentimiento no son ni mis enemigas ni mis adversarias. No les voy a negar su condición de feministas. Solo creo que se equivocan. El enemigo común y reconocido por ambos colectivos, es el patriarcado.

Por la tarde, muy oportunamente, la RTVE proyectó En tierra de hombres. La cinta narra una historia inspirada en hechos reales y refleja la situación de abuso laboral y sexual de las mujeres en una mina de Minnesota en los años 70 (aunque la película la sitúa más tarde).

Es una película dura, sin concesiones, pero esperanzadora. Refleja muy bien dos dinamismos que coexisten en las situaciones de abuso de poder:

  • El miedo a denunciar por la amenaza de perder el puesto de trabajo.
  • La decisión tardía de añadirse a la denuncia cuando ya ha habido una persona que se ha atrevido.

Creo que hubiera gustado a las convocantes de ambas manifestaciones.

 

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