Siempre me ha intrigado si los peces encerrados en peceras de bola de cristal acaban estresados de dar vueltas y vueltas en un espacio tan pequeño.

Viene al cuento de la conversación de esta mañana en nuestro cafeterapia del viernes. A ver, asumámoslo: nos hacemos viejas, tenemos cantidad de molestias que antes no teníamos. Nuestro cuerpo y nuestra mente se van desgastando, es ley de vida.

Que si el colesterol, que si las articulaciones, que si la artrosis, que si la osteoporosis, que si el riñón. Esto a parte de dormir peor, caminar o correr más despacio, digerir con mayor dificultad o cualquier otra cosa fastidiosa.

Como casi siempre estos achaques nos pillado desprevenidas, ni nos imaginábamos acarreándolos, necesitamos compartirlos con nuestras amigas. De hecho, forma parte de nuestra cafeterapia. ¡Y suerte que tenemos de poderlos contar y compartir!

Sin embargo, hay un riesgo evidente: podemos acabar moviéndonos como el pececito en la pecera de bola: dando vueltas y más vueltas, contando nuestros pesares una y otra vez.

La verdad es que intercambiar los achaques que tiene cada una funciona bastante bien durante un ratito, consuela, reconforta. Te sientes escuchada, comprendida y apoyada.

Pero llega un momento en que cuanto más hablas del tema, más grande se hace el problema y acabas siendo un poco prisionera del mismo. Hasta te cuesta dejar de pensar en él.

Hay que saltar de la pecera para nadar en mar abierto, donde, a diferencia de la bola de cristal, hay algas, peces más grandes y más pequeños, cangrejos, corales, corrientes y la luz del sol marcando el límite del mar. En un entorno estimulante, es más fácil dejar de obsesionarse por las propias miserias y centrar la atención en todo lo interesante que nos rodea.

Es imposible estar absolutamente bien a nuestra edad. Algo tenemos que tener. Sin embargo, hay que cambiar el paisaje. Cierto que a veces no es posible, porque hay achaques que se convierten en dolencias graves y tampoco somos heroínas.

Pero cuando sí que es posible y, sin embargo, no damos el salto, sino que nos quedamos dando vueltas y vueltas en la pecera, perdemos la oportunidad de ser un poco más libres y más felices y, de paso, contribuimos a agrandar los achaques de las demás.