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Una de las experiencias musicales colectivas más bonitas la tuve hace 38 años, en el tren que salía de Machupichu hacia Cuzco. Estaba a rebosar de mochileros europeos y norteamericanos.

Alguien empezó a entonar una canción del folklore tradicional, de esas que todos nos sabemos -o sabíamos, ¡sniff!-, tipo Guantanamera, We shall overcome, Bella Ciao, If I had a hammer… y todos nos pusimos a cantar, cada grupo en su idioma, la misma canción. Fue un festival en el que milagrosamente nadie desafinaba y todos sabíamos lo que estábamos cantando.

Tradicional no es para mí un adjetivo peyorativo, un sinónimo de reaccionario, carca o casposo. No es reaccionaria Joan Baez cuando canta Gracias a la Vida, de Violeta Parra, ni lo es Joan Manuel Serrat cuando junta en un álbum canciones tradicionales catalanas.

Por eso me ha sorprendido la crítica de un lector anónimo a Dotze llibres sobre educació, collita de 2020 primer semestre un artículo de Jaume Carbonell en El Diari de l’Educació. La crítica se centraba en la reseña que Carbonell había escrito sobre el libro La escuela no es un parque de atracciones, de Gregorio Luri.

El lector manifestaba reiteradamente su desacuerdo hacia la calificación de pedagogía tradicional, con que Carbonell describe la postura de Luri, porque consideraba que la usaba como adjetivo peyorativo. Bueno, más o menos era esto.

El caso es que yo sí creo que Gregorio Luri, un pedagogo que a mi me gusta mucho, aunque no esté al 100% de acuerdo en todo -que tampoco hace falta- es un defensor de la pedagogía tradicional. Pues sí señor, y a mucha honra.

El diálogo entre Carbonell y el lector anónimo me dio que pensar. Ostras, probablemente yo también soy bastante tradicional, pensé. He confeccionado una lista de mis tips educativos tradicionales -quiero decir que hoy en día “suenan” tradicionales- y creo que me he quedado corta.

Todos tienen algo en común: no es que yo esté beligerantemente a favor, lo que pasa es que no estoy sistemáticamente en contra. Creo que hay infinidad de situaciones, ambientes, países y contextos culturales en que determinadas tradiciones pueden ser las prácticas más aconsejables.

Y, cuando no lo son, las abandonamos y punto. Lo que no me parece es que estas prácticas sean sinónimo automático de rigidez, autoritarismo, clasismo y otras lindezas:

  • Los libros de texto… cuando son orientadores, bonitos, rigurosos e inspiradores.
  • Tratar de usted al profesor o profesora… cuando es una muestra de respeto que no resta cariño.
  • Los uniformes escolares… cuando juegan a favor de la equidad.
  • La clase magistral… cuando escuchar al docente es una maravilla.
  • Los deberes… cuando ayudan a compensar desigualdades en lugar de acentuarlas.
  • Los exámenes o como demonios se les llame, cuando sobre todo son un medio para conocer en qué punto está uno y no un fin en sí mismos.
  • Aprender determinadas cosas de memoria… cuando tiene sentido y nos libera tiempo para otras cosas.

Sin embargo, estoy radicalmente a favor de prácticas que no están consideradas como muy tradicionales, aunque tampoco diría yo que son la repera de la innovación:

  • trabajar con grupos heterogéneos, mezclando edades, capacidades, aficiones…
  • jugar, moverse y cansarse físicamente… Bueno, ¡también jugar a cartas!
  • hacer el máximo de cosas al aire libre.
  • cantar frecuentemente.
  • conversar largo y tendido con los niños y niñas.
  • ver películas, comentarlas, recordarlas.
  • contar cuentos, historias, leyendas.
  • trabajar la oralidad y dramatizar.

No me importa parecer ni ser tradicional. Creo que todos podemos aportar matices y colores y complementarnos. Una escuela con pluralidad de estilos en los equipos docentes -pero compacta en su filosofía educativa– puede ser más nutritiva y estimulante que una escuela plana.

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