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El año que le tocó a Javier ser el presidente de la comunidad de vecinos, en la escalera tuvieron que armarse de paciencia. Al cargo de presidente se accedía por estricto orden de los pisos. Nadie se postulaba, ni tampoco se votaba. Te tocaba cuando te tocaba y punto.

Javier no era una persona muy equilibrada. Sufría de prontos muy agresivos y muchas manías sin fundamento. Pero también tenía mucho tiempo, más que el resto de los vecinos, porque estaba jubilado. Lo que en teoría tenía que ser una ventaja se convirtió en una fastidiosa desventaja. Tomó decisiones viscerales sobre la seguridad en el edificio, sobre la puerta de entrada y cada dos por tres se liaba a discutir por nimiedades con cualquier vecino. Para Javier todo el mundo era culpable de algo mientras no se demostrara lo contrario.

Sin embargo, el problema fue de escasa repercusión, porque los vecinos de una escalera constituyen en realidad una comunidad muy pequeña. ¡Tampoco pasó nada que luego no se pudiera arreglar!

Lo grave es cuando esto ocurre a otros niveles de mayor calado. Cuando se juntan en la misma persona un cierto desequilibrio mental y una cierta ostentación de poder. Los casos más flagrantes están día sí y día también en las noticias: países enteros de cuyos mandatarios no puedes estar segura si están o no en sus cabales. Al menos yo no lo tengo claro.

¿Cómo se llama el problema? ¿Megalomanía?, ¿sentimiento de inferioridad hipertrofiado y que intentan disimular a toda costa?, ¿miedo exagerado al fracaso?, ¿intolerancia desproporcionada hacia la discrepancia?, ¿tendencia notable al autoengaño y a llegar a creerse las propias mentiras…?  Claro que todo es cuestión de grado y de matices.

En cualquier caso, y aterrizando en empresas u organizaciones, la verdad es que no es lo mismo tener un compañero de trabajo con alguna de estas limitaciones a que esa persona sea precisamente el jefe y pueda emprender aventuras económicas arriesgadísimas, hundir en la miseria a sus subordinados, humillarlos o sencillamente poner a la gente de patitas en la calle sólo como resultado de sus delirios.

En este sentido, me preocupa bastante comprobar como en algunas organizaciones sociales la presidencia, la dirección o la gerencia está ocupada está ocupada por personas cuya salud mental es cuando menos discutible.

Estas personas son las responsables últimas del proyecto, del presupuesto, de la estrategia de la organización… y, muchas veces, en su entorno hay absoluta conciencia del riesgo que representan. Pero nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato. Porque el gato igual fue en su momento una pieza clave, una persona respetada que sigue estando al pie del cañón. Además, no es tonto y, encima, manda.

En el caso de los vecinos podemos esperar, con bastante paciencia, a que se le acabe el año de cargo al presidente. En el caso de las autoridades políticas, además de ponerle un cirio a santa Rita, podemos confiar en los mecanismos democráticos, el buen sentido de los ciudadanos a la hora de votar la siguiente vez, en la labor de la oposición, en las mociones de censura…

Pero ¿qué hacemos con la zona del medio? Las empresas y los ayuntamientos tienen también mecanismos para corregir esto, pero a las organizaciones sociales les cuesta lo que no está escrito sacarse de encima una persona que reúne poder y desequilibrio, tal vez porque se supone que quienes trabajan en estas entidades son seres angelicales y estos problemas no deberían tenerlos.

Pero los tienen a veces. Y ahí estamos todos mirando el cascabel como tontos.

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