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¡Vaya mala prensa que ha tenido la palabra disciplina en el ámbito educativo! Bueno, no siempre: me refiero en las últimas décadas y tanto en el contexto escolar como en el familiar.

La noticia de la discoteca llena hasta la bandera en período de confinamiento, junto con el vídeo impactante del médico Jesús Candel, Spiriman, dirigido a los jóvenes, me da qué pensar: en tiempos de pandemia y gravísima situación para la población vulnerable… ¿Que parte de «hacer caso a las autoridades sanitarias» no hemos entendido?

La crisis del concepto disciplina viene de lejos y, además, no sólo es cosa de jóvenes. Recordemos la frase de Aznar relativa al consumo de alcohol: ¿Quién es la DGT para decirme cuánto puedo beber?

Disciplina debería ser un término asociado al autocontrol y a la solidaridad. Pero frecuentemente lo relacionamos con represión, autoritarismo y régimen carcelario. Por ello, lo hemos eliminado de nuestro vocabulario y lo reflejamos, por poner un ejemplo, en el cuestionamiento de muchas familias hacia la profesionalidad del personal docente o sanitario.

Como decía el pedagogo Makarenko, la disciplina no es un medio educativo, si acaso es un resultado de la educación. Una educación basada en el respeto, el civismo y en la consideración de que los intereses colectivos deben pesar más que los individuales. Que existe el bien común y todos hemos de esforzarnos en ello.

Me temo que en nuestro caso, ese resultado educativo es un poco pobre, como demuestran las colas de gente huyendo a la montaña o a la playa o las aglomeraciones en esa discoteca.

Llevamos años, mucho tiempo ya, de no entender la disciplina de la manera correcta. Disciplina es imponerse el autocontrol de no hacer lo que más me apetece si eso perjudica a la comunidad. Disciplina es tomar las riendas de nuestros deseos y reconducirlos. Ser amos de nuestras acciones y no esclavos de nuestras pasiones inmediatas.

La disciplina forma parte de la solidaridad. A ver si nos enteramos.

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