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Hacía bastante tiempo que no recorríamos este itinerario en Montserrat. La Travessa de les Agulles  es una ruta «equipada», lo cual quiere decir que no es una vía de escalada ni tampoco llega a ser una vía ferrata, pero requiere en ocasiones poner las manos, agarrarse a una cuerda colgante, un cable o bien trepar por unos escalones de hierro para superar algunos pasos verticales.

Por tanto, ¡cuidadín! Diversión y aventura aseguradas si se va con prudencia y sentido común. En caso contrario, los accidentes pueden ser incluso peores que en algunas escaladas.

Una de las cosas que más me gusta de Montserrat es la diversidad de gente que te puedes encontrar: escaladores de alta dificultad y de los que se están iniciando; excursionistas de todas las edades; corredores entrenando; colectivos que hacen una determinada travesía, uniformados con la camiseta de rigor; incluso familias que, desafiando la normativa, van a enterrar las cenizas de un ser querido…

A pesar de lo frecuentada que está la montaña, todo está bastante limpio, lo cual es reconfortante y ayuda a no perder la fe en el civismo y sensibilidad de las personas.

Esta mañana el tiempo acompañaba. La temperatura era de lo más agradable y la montaña tenía esa frescura que estimula los sentidos después de la lluvia.

Pero Montserrat suele plantear dilemas cada dos por tres y más en itinerarios complejos como éste. Hoy hemos sido testigos de dos respuestas diferentes frente a una situación de riesgo objetivo.

Al llegar al pie de la primera roca que hay que trepar con una cuerda (la de la foto), una pareja de corredores, acompañados por un perro, han decidido dar media vuelta y cambiar su itinerario de entrenamiento. Han valorado, con buen criterio, que no iban a poder subir el perro con un mínimo de seguridad. Bueno, no importa, nos decían optimistas… con la cantidad de caminos que hay aquí, buscamos otro sin complicaciones y ya está.

Pero al cabo de un rato de haber superado esta pared, hemos oído el llanto desconsolado de una niña que venía del siguiente paso equipado también con una cuerda, esta vez, para descender.

Era un grupo de dos familias con tres criaturas: dos niños de unos doce años y una niña de unos siete. Era ella la que estaba desesperada, a pesar de que su padre la ayudaba a bajar protegiéndola con su propio cuerpo.

Estaba literalmente paralizada de miedo. A pesar de ello, las dos familias han decidido seguir el camino hasta el Portell Estret -donde nos hemos separado- apechugando con el pánico de la niña, a la que trataban con infinito cariño. Probablemente en el punto donde estaban casi era mejor continuar que dar media vuelta y volver a pasar, en sentido descendente, por el primer paso de cuerda.

Me pregunto si vale la pena llevar a los niños y niñas pequeños hasta ese punto de malestar en la montaña. ¿Lo recordará como un reto que consiguió superar? ¿O como una pesadilla a la que no quiere regresar? Me queda la duda…

Aunque, para decir verdad, siempre me he arrepentido de las veces en que había forzado la situación con los niños y niñas más miedosos cuando era monitora. ¡Que llegaran a aburrir o a odiar la montaña hubiera sido el peor castigo para una amante de la naturaleza!.

 

 

 

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