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Confieso que de pequeña no me gustaba la filosofía. Podría excusarme ahora diciendo que me tocó una mala profesora de esta asignatura, pero no estoy segura si no se trataba más bien de un prejuicio absurdo por mi parte. Vete a saber por qué.

El caso es que creo que luego he arrastrado mi falta de formación filosófica y lo he lamentado mucho. Por eso me ha entusiasmado la lectura de El milagro Spinoza: Una filosofía para iluminar nuestra vida, de Frédéric Lenoir, que he devorado este verano entre montaña y montaña.

El descubrimiento de Baruch Spinoza, filósofo del siglo XVII, ha sido para mí una auténtica revelación. Por muchas razones, entre ellas:

  • Por ser una persona absolutamente avanzada a su tiempo, cuyo pensamiento abierto tenía que chocar con la sociedad cerrada y oscurantista de la época. ¡Me pregunto cómo consiguió sobrevivir!
  • Porque se ganaba la vida como pulidor de lentes, cosa sorprendente y al mismo tiempo tan conectada con su afición científica y su labor como filósofo de iluminar el pensamiento.
  • Por su visión revolucionaria de Dios y de la Naturaleza: Einstein solía decir que él sólo creía en el Dios de Spinoza: Creo en el Dios de Spinoza que se revela en la armonía ordenada de lo que existe, no en un Dios que se preocupa por el destino y las acciones de los seres humanos…
  • Porque reconociendo el poder de las emociones, alerta sobre el peligro de la falta de racionalidad en las elecciones de las personas. ¡Algo totalmente actual en la sociedad de Trump, Bolsonaro, Salvini… !
  • Porque me seduce el concepto de felicidad y alegría vinculados a la capacidad de obrar, y la afirmación de que el motor del cambio es el deseo: la voluntad o la razón no bastan.

El libro de Frédéric Lenoir me resulta asimismo extraordinario: invita muy eficazmente a la exploración del personaje; me ayuda a reconciliarme con la filosofía; y además, al final de la obra el autor se permite reflejar también aquellos aspectos que no comparte con Spinoza.

Esto me encanta, porque no es fácil compaginar la pasión con la ausencia de dogmatismo. Lenoir se muestra como auténtico apasionado de Spinoza, pero no cae en la ceguera de la apuesta fundamentalista o absolutista. Puede admirar perfectamente al filósofo sin adorarlo.

Y aquí el segundo tesoro de este libro: Lenoir me ha descubierto a Baruch Spinoza, ¡y yo ahora tengo muchísimas ganas de explorar la obra de Fréderic Lenoir!

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