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Si nos juntamos unos cuantos carrozas que fuimos monitores de campamentos en nuestra tierna juventud tarde o temprano surge la nostalgia sobre lo que entonces podíamos hacer impunemente y que a día de hoy sería poco menos que un delito. Ayer fue un día de recuerdos de este tipo. Voy a citar algunos:

  • Cuando celebrábamos el Día de Robinson y enviábamos a los chicos y chicas, en grupos de cuatro o cinco a pasar una noche por su cuenta (o sea, sin monitores) en la montaña, sin apenas comida, ni por supuesto dinero, teniendo que vivaquear y espabilando. Ahora se percibiría como abandono, negligencia, incluso maltrato.
  • Cuando cocinábamos para sesenta en una cocina construida con barro y piedras y alimentada por toda la leña seca que encontrábamos. En medio del bosque, sin medidas de precaución, sin carnet de manipulador de alimentos y, por supuesto, sin nevera donde conservarlos, sin clorar el agua, ahuyentando las moscas, apartando sus huevos y lavando con vinagre la carne sembrada de ellos.
  • Cuando le pedíamos permiso -eso sí, éramos educados- al guarda forestal para hacer «instalaciones de campamento», o sea, mesas, bancos, letrinas… y el guarda nos pedía que no serráramos los pinos, sino sólo las hayas. Parece mentira, pero a veces esa era la respuesta.¡Los pinos eran más valiosos que las hayas!
  • Cuando llevábamos todo tipo de herramientas cortantes e hirientes, que la mayoría de las veces no sabíamos usar. Yo misma, por ejemplo, estuve muchos años llevando un machete de unos 30 centímetros, muy bonito, con su funda de piel. No sé por qué ni para qué lo llevaba y creo que en realidad, nunca llegué a usarlo. Pero molaba.
  • Cuando preguntábamos a la gente del pueblo más cercano dónde podíamos depositar los residuos y basuras del campamento y nos pedían que no bajáramos nada, sino que hiciéramos un hoyo, lo echáramos todo bien mezcladito y le pegáramos fuego. Era el mismo consejo que daban tiempo atrás cuando a la montaña iban 50 personas. Pero entonces ya éramos 1000.
  • Cuando a la hora de desayunar nos pasábamos un pote de vidrio de mermelada de kilo, abierto, con una cuchara con la que todos nos untábamos la rebanada de pan e incluso más de uno le pegaba un lametazo. No había casi ningún alimento en superhigiénicos paquetitos individualizados que, todo hay que decirlo, dejan muchos más residuos.
  • Cuando los monitores llevábamos ron en la mochila para hacer el carajillo todas las noches. La verdad es que el tema del alcohol no lo trabajábamos ni mucho ni bien y además nos parecía que ya que estábamos todo el santo día de guardia al menos nos merecíamos un carajillo nocturno.

¡Todo parece tan lejano!  Sin duda, muchas cosas no las volveríamos a repetir, no sólo por las prohibiciones legales, sino porque nuestra responsabilidad ambiental y sanitaria ha mejorado bastante.

Sin embargo… ¿tan bestias éramos? ¿todo esto estaba mal, todo eran barbaridades, todo es igual de rechazable hoy en día? ¿realmente no podemos recuperar nada? ¿cómo combinar hoy en un campamento la exigencia social de seguridad y sanidad con la oportunidad de la vida salvaje, en plena naturaleza, sin demasiados aditivos?

¿No podríamos encontrar la manera de mantener, dentro de lo razonable, lo más positivo, estimulante y formativo de esos campamentos austeros, incómodos y esforzados?

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