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Suena a nostalgia de la rancia, pero lo cierto es que tiempo atrás yo llevaba siempre un libro en el bolso y en los transportes públicos lo abría, leía y me relajaba. El tiempo de transporte no era un tiempo exactamente productivo, pero tampoco era un tiempo muerto o desaprovechado.

Observaba que bastante gente hacía lo mismo, sobre todo mujeres. A veces contaba cuantas personas estaban leyendo un libro y eso me ponía de buen humor. En la foto que ilustra este post he colocado algunos de los libros que he devorado en los transportes públicos.

Últimamente, cuando subo al metro o al autobús abro el móvil, miro el correo, el twitter y el facebook. Se puede objetar que bueno, que eso también es leer, pero no fastidies, que no es lo mismo. No me relajo, sino que continúo trabajando, apurando cualquier resquicio de tiempo.

Y eso hace la mayoría de la gente que me rodea. Rara es la persona que no está consultando el móvil en esos trayectos y, por supuesto, no veo gran cantidad de e-books. No hay excusa y no creo que sea bueno.

Hace poco me llegó una carta del amigo Jordi Nadal, de la Editorial Plataforma. Entre otras cosas, citaba una entrevista con Pere Rodeja, de la librería Geli, que afirmaba que en los 90 en su librería entraban 170 personas cada día y ahora solo 80.

También comentaba que el 25 % de las librerías están en muchos casos condenadas a cerrar. Que de las 20 librerías culturales premiadas por el Ministerio de Cultura, 3 ya han cerrado. Que en España hay unos 570.000 libros disponibles y casi más títulos que lectores.

Si clicas «Beneficios de leer» en San Google Bendito te salen un montón de decálogos. Algunas ventajas son evidentes, como el hecho de que la lectura aumenta el vocabulario; otras un poco más sui generis, como que pareces una persona más atractiva si lees y otras bastante prácticas o humoristicas, como que al leer no tienes problemas de cobertura… Hay argumentos de todo tipo.

En cualquier caso, estoy convencida de que leer nos hace más abiertos, más cultos y más comprensivos. Y eso por si solo ya valdría la pena. A veces puede ser necesaria una ayudita, un empujoncito, el testimonio de alguien enamorado de un libro, para que entren ganas de leer.

Me encanta por ello el proyecto Leemos en el tranvía, una experiencia consolidada, promovida por el Ayuntamiento de La Laguna, en la cual niños y niñas de Primaria leen a los pasajeros.

Sin embargo, la carta de Jordi también transmitía cosas buenas. Me quedé con la entrevista a Jacques Lecomte y casi inmediatamente, compré su libro ¡El mundo va mucho mejor de lo que piensas! Voy por la mitad, estoy fascinada y creo que lo acabaré en el metro.

 

 

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