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Queridas Soraya, Celia, Cristina, Esperanza…

No creo haber votado nunca a vuestro partido, pero, desde la discrepancia, estoy convencida que en una democracia casi todos cabemos y a casi todos hay que respetar.

No sólo asumo, sino que además defiendo, que hay que luchar por la convivencia en la diversidad de opciones políticas. Que no es deseable que todos piensen como yo. Que tengo que dialogar lo más civilizadamente que sepa con aquellos que niegan el cambio climático, o con los que creen que los inmigrantes son una amenaza, o con los que consideran que todo aborto es un delito… o con los que piensan las tres cosas a la vez.

Que luchar por lo que creo no me da carta blanca para inventar mentiras, difamar, o humillar a nadie, ni siquiera a aquellos que se mueven como pez en el agua entre las fake news, la difamación y la humillación del adversario. Que un adversario no es lo mismo que un enemigo y que las personas siempre son más flexibles que las ideas.

La democracia está llena de contradicciones y rincones oscuros, por eso necesitamos cada día perseguir la honradez, la claridad y la verdad.

Por eso, con todo mi respeto, os pido que por responsabilidad frenéis a algunos de vuestros compañeros de partido, aquellos que, por el motivo que sea, confunden a la gente y han empezado a negar la evidencia histórica o actual de la discriminación de la mujer. Aquellos que dicen que el feminismo es lo contrario del machismo y, claro, ambas cosas son igual de aberrantes… Decidles -a lo mejor a vosotras os escuchan- que sí, que la violencia de género existe.

Esta mañana me ha llegado un mensaje de whatsapp que quiero compartir con vosotras. Por favor, primero leedlo y luego pensad un minuto en vuestras hijas.

¡Podemos cambiar las cosas, incluso colaborando desde posiciones políticas diferentes!

Cuando yo tenia 16 años, mataron a las niñas de Alcàsser. Ahí aprendí que era peligroso salir de noche, aunque fuera con amigas.

Cuando yo tenía 17 años, mataron a Anabel Segura. Ahí aprendí que no podía salir a correr sola.

Cuando yo tenia 18 años, violaron y mataron a Marta Obregón y Leticia Lebrato. Ahí aprendí a tener cuidado al entrar en portales y ascensores.

Cuando yo tenía 22 años, mataron a Rocío Wanninkhof. Ahí entendí por que mi padre se levantaba para recogerme a la puerta de la discoteca cada vez que salía de marcha.

Cuando yo tenia 32 años, mataron a Marta del Castillo. Ahí aprendí que hasta tus amigos podían matarte.

Cuando tenía 40 años, mataron a Diana Quer. Ahí entendí por que mis padres o mi pareja nunca me dejaban volver sola a casa.

Ahora han matado a Laura Luelmo, y he aprendido que cualquiera de mis vecinos puede querer violarme y matarme.

Pero venga, ven a decirme ahora que soy una histérica. Ven a decirme que no es un problema de género. De hombres que sienten que las mujeres les pertenecen, que pueden acabar con nosotras con el chasquido de un dedo, que nuestro cuerpo es suyo.

Dime que me invento que han matado a 94 mujeres en lo que va de año, o que han violado a 788 otras.

Háblame de los hombres maltratados por sus parejas y las denuncias de maltrato falsas. De cómo la niña de 18 años de la manada se lo estaba buscando.

Que somos todas unas busconas y unas guarras y unas dramáticas.

Cuéntame que son bromas, nárrame (despacito, recuerda que soy idiota) que no se, que exagero, que hay que tener cuidado, que lo que nos hace falta a todas es un buen repaso.

Dime que soy una feminazi y una histérica, mientras sales a correr solo, vuelves a casa de noche, te vistes como te da la gana y no sientes miedo ni un solo día.

Ni una más. Ni una sola mas.

(el texto no es mio, vía Miren San Martin, pero me gustaria que lo copiarais y viralizarais)

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