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Hace ya demasiado tiempo que no releo a Makarenko, uno de mis pedagogos fetiche cuando empecé a formarme como educadora.

Bueno, ¡ya tocaría releerlo! De joven tenía como libros de cabecera su Poema pedagógico y su Banderas en las torres, que además eran obras noveladas y peliculeras, muy agradables de leer.

Curiosamente también era peliculera Summerhill, de A.S. Neill, un pedagogo que se situaba en las antípodas de Makarenko. Yo me reía mucho con el británico sentido del humor de Neill, pero apenas pude aplicar ninguno de sus principios: ¡el barrio donde trabajaba me devolvía continuamente de las ensoñaciones a la cruda realidad!

Me temo que a día de hoy, entre los estudiantes de magisterio, pedagogía o educación social, Neill debe ser bastante más popular y socialmente aceptable que Makarenko. Tal vez porque el individualismo y la convicción de que uno-debe-hacer-lo-que-le apetezca-en-cada-momento-y-los-demás-tienen-el-deber-de-comprenderlo son valores en alza.

Makarenko era colectivista, comunista y firme defensor de supeditar los intereses del individuoa los intereses de la comunidad. Me da a mí que Makarenko no suscribiría el mantra pedagógico actual de poner al alumno en el centro de la educación: lo que pondría Makarenko sería la revolución o transformación social.

Una de las ideas más interesantes con las que me quedé y que sin duda influyó en mi práctica educativa, fue el concepto de disciplina como resultado de la educación y no como medio.

Makarenko rechazaba la disciplina tradicional, ciega, pasiva y cuartelaria. Por el contrario, entendía la disciplina como manifestación del autocontrol y consciencia que adquiere el alumno cuando el proceso educativo es el correcto. Llegar a ese nivel significaba madurez del grupo y de la colectividad. Por tanto, era deseable.

Me temo que se ha perdido esa visión de la disciplina como constructora de comunidad y prevalece el prejuicio de un aborrecimiento visceral al concepto, que se identifica casi sin matices como herramienta y resultado de la dictadura, el autoritarismo, etcétera. Por favor, ¡corrígeme si me equivoco!

Hace poco leí un reportaje muy interesante acerca de la disciplina escolar como arma de justicia social, un argumento del pedagogo Tom Bennet que comparto, aunque no todo lo que afirma este experto me convence.

Creo que precisamente la igualdad de oportunidades, el éxito educativo para todos  y la justicia social son los filtros adecuados para desmontar prejuicios, los que nos pueden ayudar a diferenciar, matizar y escoger lo que funciona y lo que no funciona en educación.

¡Espero no haber molestado a nadie!.