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Cuando tenía 19 años hice el curso de monitores de tiempo libre y tuve un profesor fuera de serie, ya fallecido, Miquel Miranda.

Miquel me descubrió un montón de conceptos pedagógicos y enfoques didácticos, como por ejemplo los centros de interés en las colonias y campamentos. Pero creo que me dejó una huella especial su reflexión acerca del valor de lo extraordinario y lo ordinario en las actividades educativas de verano.

Lo extraordinario era sin duda lo más visible: juegos en el bosque, baño en el río, largas excursiones, dormir al aire libre bajo las estrellas al menos alguna noche, construir cabañas, hacer un fuego de campamento, pescar ranas en una balsa, montar una batalla de piñas… ¡aquello era la felicidad robinsoniana por excelencia!

Ninguna de estas acciones eran habituales durante el curso escolar. Aunque los monitores nos esforzábamos por montar fantásticas actividades de animación (ambientaciones medievales, veladas muy elaboradas, juegos complejos…) al final los niños y niñas flipaban sólo con pescar las puñeteras ranas en la puñetera balsa. Eso era lo extraordinario.

Por otro lado, lo ordinario en las colonias era el compromiso con las tareas de “vida cotidiana”: hacerse la cama cada día, lavar  la ropa, barrer las habitaciones de la casa de colonias, coser el dobladillo descosido o el botón que se había caído, fregar los platos en el campamento… Curiosamente, lo ordinario también era extraordinario, porque la mayoría de nuestros niños y niñas, aún procediendo de sectores populares, no estaban ni por asomo acostumbrados a realizar estas tareas. Eran las madres las que las hacían.

Una vez, los monitores tuvimos que desarmar una operación de escaqueo que habían tramado unos cuantos niños de diez años: intentaron “comprar” a las niñas el servicio de lavar la ropa con la calderilla que llevaban encima (por otro lado, prohibida: ¡nadie debía llevar dinero a las colonias!). Era aquello de si me lavas la ropa te doy un duro.

Nos pusimos muy serios con esto -¡Ya te voy a dar yo a tí!-  y lo cortamos de inmediato, aunque confieso que yo todavía me río al recordarlo. Un poco de gracia si que tiene, ¿no?

Creo que las mejores vacaciones de verano contienen ambos ingredientes: lo extraordinario que no se puede hacer en otro momento ni en otro lugar y lo ordinario que espabila la autonomía y la responsabilidad que se contrae por el hecho de vivir en comunidad. Lo que se aprende y se avanza con la combinación de ambos factores es mucho.

Comparto con José Antonio Marina que aunque la escuela se vaya de vacaciones, hay que asegurar que todos los niños y niñas puedan disfrutar de una red de campamentos, colonias, centros de verano, que sean asequibles a todas las economías y que cultiven tanto lo extraordinario como lo ordinario.

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