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A partir de aquí, disculpémonos, intentemos restaurar el mal causado si es posible y aprendamos la lección. Y si es grave, más. Todos nos podemos equivocar y, encima, tener mala suerte. Pero tener mala suerte no borra el error cometido.

Toda mi simpatía y compasión hacia el entrenador que se adentró con doce niños el 23 de junio en la cueva de Tham Luang. Pero se equivocó y mucho:

No respetó los carteles de prohibición, los niños no sabían nadar, se adentró kilómetros en el interior de la cueva y el territorio está sujeto al régimen de lluvias monzónicas, las cuales – y aquí está el plus de mala suerte- se avanzaron un poco.

El entrenador erró y podía haber sido fatal. No es ningún héroe, y el hecho de que haya “cuidado” a los niños no lo redime. Tampoco son héroes los niños rescatados. No hay que tratarlos como tales.

Todos ellos son supervivientes de una tragedia en la que hay un responsable. Simpaticemos con ellos, alegrémonos y celebremos el final feliz… pero, como dice acertadamente Frank Cuesta, aquí los únicos héroes son los miembros del equipo de rescate y, en particular, Suman Ganan, el submarinista local que murió ahogado tras depositar las reservas de aire comprimido para sus compañeros y los niños.

La foto que acompaña este post da una idea de la complejidad de la tarea de los buzos y pertenece al gráfico que incluye la noticia del rescate por parte de El Periódico.

Yo también he cometido errores en la montaña, alguno considerable, cuando llevaba niños y niñas de excursión. Personas que padecieron mi insensatez tienen ahora más de cincuenta años y la generosidad de recordar riendo mis equivocaciones.

No me siento nada orgullosa de ellas. La peor creo que fue un descenso del Taga en diciembre, con el bosque helado, pasando olímpicamente del camino, sin crampones, ni material adecuado para tal itinerario.

El Taga es una montaña de apenas 2000 metros. Parece inocente hasta que compruebas que en el frío invierno hasta la inocencia se congela.

Todavía no entiendo cómo llegamos al pueblo sanos y salvos, después de una buena tanda de resbalones, caídas y desgarros. Bueno sí: con un ángel de la guarda haciendo horas extra desesperadamente.

La razón por la cual emprendí irresponsablemente esa ruta de descenso no era otra que la frustración de no haber podido ascender a la cima. Mi orgullo y mi temeridad pedían a gritos compensar eso con un descenso más aventurero, que hubiera podido ser trágico.

Creo que no he vuelto a cometer errores de ese calibre en la montaña. Por todo ello, aunque empatizo con aquellos que los cometen, sinceramente no los veo como héroes, sino como todo lo contrario.

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