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Carpin ha escrito Amatxus, un libro muy curioso. Lo presenta el miércoles, 6 de junio en la Biblioteca de Bellvitge a las 19:00 y me ha invitado a compartir en este acto una mesa redonda con otras amigas suyas. Estoy emocionada con esta historia tejida a partir de whatsapps de mujeres valientes que lucharon de niñas y luchan de adultas; un montón de recuerdos y todo lo que generó el 50 aniversario de la construcción del barrio.

Me encanta el libro y me encanta Carpin, que en realidad se llama María Ángeles García-Carpintero una mujer extraordinaria manchego-catalana -o al revés, que da igual-, que nació en Daimiel (Ciudad Real), se vino a vivir a Bellvitge y ha sido pedagoga, logopeda y maestra de muchos niños y niñas del barrio.

Carpin tuvo que sufrirme a mí como monitora en innumerables tardes de sábados, colonias, excursiones y campamentos. Corrían los años 70 y yo era la peor educadora posible. Temeraria, dogmática, nada observadora, poco reflexiva… sólo de recordarlo me pongo mala y estoy segura que Carpin tomó buena nota para no repetir mis errores cuando se hizo maestra. Aunque no se puede negar que con los chicos y chicas yo disfrutaba, jugábamos y cantábamos mucho, compartíamos muchas aventuras en la naturaleza y al menos yo aprendía un montón.

No voy a poder compartir en la mesa redonda todas las vivencias que guardo asociadas a Carpin… ¡no daría tiempo! De manera que he seleccionado aquellas imágenes que -no sé por qué- se me han pegado con superglú a un estante fijo de mi memoria. A lo mejor es porque reflejan aspectos que serían irreales a día de hoy.

Una imagen está en la página 66 del libro, donde hay una foto de cinco chavales junto a lo que parece un montón de barro. No lo era. Era una auténtica cocina de leña, fabricada con piedras, barro y barras de hierro y los que la rodean (Isabel G, Fermín, Isabel F, Antonio y Paca) fueron los artistas que la crearon, junto conmigo. No sale Carpin en esta foto, porque debía estar montando otra “instalación” de campamento. Estábamos en el Parque Nacional de Sant Maurici, corría el año 1974 y hoy sería impensable acampar en ese lugar y cocinar de esa manera nada menos que para 60 personas. Parece increíble, pero la cocina de barro aguantó impertérrita todo el campamento.

Otra imagen es de una noche en Gósol, un pueblo encantador del Prepirineo, a los pies del Pedraforca, montaña mítica donde las haya. Eran vacaciones de Semana Santa y se trataba de hacer el campamento en algún lugar donde hubiera nieve. No recuerdo si aquel año había nieve, pero el grajo volaba bajo, y ya se sabe. Sin embargo, eso no impedía que montáramos lo que tradicionalmente llamábamos “un juego de noche”, una especie de juego de estrategia en equipos que competían entre sí sin piedad alguna. Ríete tu de los “Escape Room” actuales. Aquella vez, con el grupo de chicos y chicas de Carpin, lo ambientamos con el tema de la película “La noche de los muertos vivientes” y lo desarrollamos en la zona ruinosa del Castillo de Gósol. Fue fantástico. ¿Alguien juega hoy en la noche oscura, escondiéndose y atizándose, entre ruinas y cascotes, a diez grados bajo cero, metiendo miedo y perdiendo o ganando salvajemente como en los viejos tiempos?

Otra imagen es la de Carpin comiéndose un bocadillo de carne con pimientos durante una de las miles de excursiones que hacíamos a la montaña, relamiéndose  y comentando las delicias de su almuerzo.  Llámame exagerada y apocalíptica, pero me da a mi que hoy los niños y niñas no llevan bocadillos de carne con pimientos cuando van de excursión… si es que van de excursión. ¡¡Pido a gritos que alguien me contradiga!! Por favor, por favor, decidme que estoy equivocada y que las escuelas y los clubs de tiempo libre salen continuamente de excursión…

Ostras, Carpin, ¡me ha salido un post nostálgico y no era mi intención! Prometo portarme bien el miércoles, en la presentación de tu libro. Te lo mereces por muchas cosas, pero este día será por haber reflejado de una manera tan original como cariñosa y benévola un episodio muy intenso de nuestra historia.