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En la lista de palabras políticamente incorrectas hay que colocar en un lugar muy alto la compasión.

Se la juzga en ocasiones como un concepto paternalista, casposo, que subraya la desigualdad, etcétera. Se la sustituye frecuentemente por “empatía”. Pero la compasión no es empatía, que queda mucho más moderno y molón. La empatía puede ser perfectamente la capacidad que inspira al manipulador: puesto que “comprende” lo que siente el otro, es capaz de conducirle con habilidad hacia donde quiere.

La compasión es el sentimiento “masa madre” que requiere sumar el deseo de justicia para convertirse en solidaridad. Sin una pizca inicial, casi física e instintiva, de compasión, no me imagino como puede fraguar la solidaridad.

Por otro lado, algunas investigaciones apuntan el papel sanador de la compasión en la salud mental de las personas, tal como se recoge en el artículo La compasión podría ser la frecuencia más alta de la mente.

Hace años, un anuncio en la televisión de la Cruz Roja expresaba poéticamente, y al mismo tiempo, con mucho realismo este concepto, a través del gesto de un bebé que se acerca a la imagen de una niña llorando en la televisión para compartir su chupete. Esa pequeña conmoción por el dolor del otro, este “padecer con” el otro, es la compasión. Y no es justo que la despreciemos como concepto.

No hace mucho, Toni Bruel, dirigente de la Cruz Roja, compartió con un grupo de personas una hilarante y falsa entrevista en el que se pone de manifiesto lo absurdo del lenguaje excesivamente escrupuloso, que anula la capacidad de comprensión y de diálogo.

Cuando continuamente hay que puntualizar, matizar, enmendar, controlar férreamente el lenguaje, puede que seamos muy correctos, pero seguro que no somos generosos con los demás. Y sin esa base de generosidad ¿de qué diálogo estamos hablando?