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El debate acerca del supuesto adoctrinamiento en las escuelas me recuerda hoy una viva conversación de hace ya bastantes años que tuvo lugar en el colectivo Senderi acerca de la religión en las aulas. El núcleo de la conversación, tal como yo lo recuerdo, pivotaba entorno a los límites entre compartir y adoctrinar.

Todos rechazábamos el adoctrinamiento como concepto negativo vinculado al autoritarismo, al despotismo, a la manipulación de las personas…  Y, por el contrario, estábamos de acuerdo en que para respetar las creencias del otro -o mejor “respetar al otro en sus creencias”- primero había que conocerlas.

Sin embargo, como siempre en los debates inteligentes y sosegados, surgieron muchas más preguntas deliberativas que respuestas tajantes:

¿Cómo vamos a respetar lo que ocultamos por miedo a provocar rechazo, conflicto o sospecha de querer convencer al otro? ¿Cómo vamos siquiera a conocer lo que no expresamos?

¿Adoctrina una chica que acude al instituto con velo? ¿O la profesora que luce un colgante con un crucifijo? Y dicho al revés: ¿para no adoctrinar deberíamos dejar de hablar de la Navidad, de la Semana Santa, o de cualquier otra festividad del calendario cristiano?

¿Qué hacemos si nos encontramos en el aula de primaria con niños y niñas que celebran la primera comunión? ¿Les prohibimos hablar del asunto con sus compañeros, no sea que los adoctrinen?

Hablar de las creencias o convicciones de uno ¿significa automáticamente querer convencer al otro? Me temo que responder afirmativamente a esta cuestión significa abandonar por lo menos dos cosas: que el diálogo en la pluralidad es fuente de convivencia y que aunque no todas las ideas son respetables, todas las personas que las poseeen son ciudadanas merecedoras de respeto.

El año 2000 Jaume Botey escribió un brillante artículo relacionado con todo esto: Educar en valors. Educació de la feaportando reflexiones muy oportunas, entre las cuales rescato ésta:

(…) Pero cuando en medio no existe la lucha de poder, el diálogo interreligioso puede ser un buen instrumento para la comprensión mutua entre las diferentes culturas, de cooperación y en definitiva para la construcción de una sociedad sobre los valores de la fraternidad y de la paz. Apreciando los valores de sus culturas-religiones en relación a la naturaleza, la familia, la autoridad, el poder etc., sin que ninguna cultura o religión quiera imponer su modelo a las demás. Al contrario, habría que alentar a los cristianos, musulmanes, judíos, hindúes y a todos los demás a vivir en profundidad la propia fe como paso previo para intentar comprender la fe y la cultura de los demás.