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¿Debemos los educadores ayudar a poner orden y estructurar la dispersión de conocimientos en un entorno de abundante y confusa información? ¿O debemos ayudar a navegar en la desorganización sin pretender sistematizar el conocimiento en contenidos?

Una breve conversación acerca de un post de Carlos Magro sobre los contenidos en la escuela me lleva de rebote a recordar el artículo L’oblit del saber (el olvido del saber) de Xavier Besalú en la Revista núm. 3 del Diari de l’Educació.

Hablando del “dentro y fuera de la escuela”, Carlos Magro observa que fuera, las cosas no son binarias, sino difusas, grises, con muchos matices. Donde dentro hay seguridad y estabilidad, fuera hay riesgo y variabilidad. Estar dentro es estar a salvo, pero salir es una promesa. Es la promesa de la desorganización. Es el territorio de la automotivación, del interés personal, de la curiosidad y la experimentación. De los aprendizajes no planeados y autodirigidos. Es el espacio sin normas y sin forma. Es el terreno de lo informal.

Por otro lado, Xavier Besalú afirma que es hora de  decir que una de las funciones de la escuela es la construcción de un núcleo estable de conocimientos, de un marco de referencia que permita comprender el mundo y los retos del presente en su complejidad, el entrenamiento de un conjunto de capacidades cognitivas que hagan posible observar, comparar, clasificar, interpretar, valorar… Y el dominio de un instrumental básico para poder pensar y actuar sobre el mundo.

Ambos artículos me interpelan acerca de si es conveniente y deseable un cierto orden y una cierta seguridad. Y francamente, creo que sí. Hace tiempo que pienso que el desorden da ventaja a los chicos y chicas con mayor bagaje intelectual y cultural o, mejor dicho, no facilita las cosas a aquellos que están en desventaja.

Los que poseen recursos culturales acaban espabilándose y orientándose en medio del caos. Aquellos que no los poseen se desorientan y desaniman. Necesitan sentirse razonablemente seguros para ir avanzando, para poder reflexionar, para tomar el timón de su aprendizaje.

Creo sinceramente en la bondad de una cierta estructura mental, a modo de estantería, donde colocar los conocimientos de manera ordenada. Una estantería sin rigideces en la que, por supuesto, se puedan mover los estantes, así como cambiar de lugar los conocimientos.  Un andamiaje que ayude a hacer visibles los conocimientos, no que los encorsete ni encierre.

Porque sin esa estantería, como pasa con los libros, los conocimientos se amontonan en el suelo de cualquier manera, y tal vez los más relevantes queden sepultados por los más intrascendentes o la improvisación y la frivolidad superen la reflexión y la capacidad crítica.

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