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Confieso que cada vez que oigo el mantra pedagógico de poner al alumno en el centro del aprendizaje me pongo ligeramente en guardia. Creo que es más por lo que me evoca la frase que por lo que realmente intentan transmitir los que la difunden.

Porque, a ver, sí que comparto la descripción que hace de este principio el documento de la OCDE “The Nature of Learning”, donde lo presenta como el primero de una selección de 7 principios que deberían inspirar el aprendizaje:

El ambiente (o entorno) de aprendizaje reconoce que los alumnos son los protagonistas, estimula su compromiso activo y desarrolla en ellos la comprensión de su propia actividad como alumnos.

¡Nada que objetar! Todo lo que sea espabilar y responsabilizar ya me vale. Lo que ocurre es que el mantra de “poner el niño en el centro” me suena un poco (quizá solo a mi, que soy sensible al tema…) a mirada complaciente y cerrada en el individuo, lo cual precisamente está en las antípodas del compromiso activo.

De hecho, el mismo texto destaca a continuación que se requiere para ello una mezcla de pedagogías, lo que incluye enfoques y acciones guiadas, así como aprendizaje cooperativo, basado en la investigación y aprendizaje-servicio.

Precisamente una de las cosas que promueve el aprendizaje-servicio frente al consumismo, la pasividad y la superficialidad es desplazar la mirada de los chicos y chicas hacia lo que ocurre en el entorno, para no sólo sensibilizarse sobre los problemas que detectan, sino también para pasar a la acción, protagonizando acciones de cambio.

Por eso pienso que si pones al alumno en el centro del aprendizaje, procura que no se entere. El mantra probablemente funciona para orientar las prioridades de los educadores, huir de la transmisión pasiva del conocimiento, potenciar los talentos diversos del alumnado, apoyarlo, estimularlo, confiar en él… pero creo que no funciona para orientar las prioridades de los niños y niñas.

En una sociedad tan individualista y ensimismada en el hiperconfort material, prefiero que sepan que vamos a hacer lo que no está escrito a fin de que salgan de su ombligo y salten a la periferia para explorar el mundo y comprometerse en mejorarlo.

 

 

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