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Ya casi nadie niega el cambio climático, pero por otro lado ya hemos perdido la esperanza de frenarlo. Esta es la amarga conclusión que destila la valiente e hiriente revista El planeta atormentado, de eldiario.es. Acabo de leerla y me ha impresionado fuertemente.

Hace unos años, muy pocos, nos aferrábamos a la mínima posibilidad de que la situación desastrosa fuera reversible y soñábamos con el poder de la democracia para preservar el tesoro ecológico. No llegamos a tiempo.

¡Ya es demasiado tarde! Al menos es demasiado tarde para salvar el medioambiente -afirma Naomi Klein en una entrevista de la revista- Pero no es tarde para todo y hay diferentes grados de desastre (…) hagamos lo que hagamos, vamos a ver el doble de eso. Y continua: No podemos evitar el colapso climático, porque ya está pasando. Pero podemos intentar repartir el golpe, para que no barra a millones de personas de un plumazo.

¡Qué gran sacudida emocional! Estamos cambiando de signo el optimismo medianamente posible: ahora ya sólo se trata de evitar daños mayores, porque daños no solamente va a haber sin remedio, sino que ya los hay y a gran escala.

¿En qué se puede concretar “evitar daños mayores”? En otro artículo de la revista, Fernando Valladares pone un ejemplo muy gráfico y muy cercano acerca del terremoto de Lorca, Murcia, en el 2011: El terremoto fue por causas naturales: la falla de la Alhama, sobre la que se asienta la zona, tarde o temprano hubiera generado este terremoto o alguno mayor. Pero el daño se amplificó por la huella del hombre. Un estudio reveló que la extracción excesiva de agua en el subsuelo generó una gran inestabilidad en el conjunto y que este colapsara ante un terremoto notable pero no devastador como el acontecido.

En este contexto, ¿qué rumbo debe tomar la educación ambiental? Partiendo de la base de que el pesimismo visceral lleva a la desmovilización, ¿cómo ser realista sin ser apocalíptico?

Yayo Herrero afirma que la catástrofe es no hacer nada. Y entre las medidas urgentes, propone acometer un proceso de educación, sensibilización y alfabetización ecológica que alcance al conjunto de la población, desde las instituciones hasta las escuelas, los barrios y los pueblos, orientado a la adopción del principio de suficiencia y la cooperación como aprendizajes básicos para la supervivencia.

Se trata, pues de aprender a sobrevivir bajo el faro de la fraternidad. Cualquier otro camino es suicida.

 

 

 

 

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