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Acabé de leer Patria, de Fernando Aramburu y decir que me ha impresionado es decir poco. Como siempre que un libro me atrapa, me he sumergido a fondo en la historia, tan descarnada y tan real.

No es un relato para sentirse cómodo y feliz. Lo que narra es muy duro. En algunos momentos he sentido miedo, mucho miedo, del del fanatismo que describe. Porque, en el fondo, no es una fantasía exagerada. Puede estar ocurriendo a pocos metros de nuestra casa.

Me desconcierta la capacidad de contagio que tienen tanto el el odio como el deseo épico de creernos unos héroes. ¿Cómo luchas contra eso, en especial cuando van juntos?

La lectura me ha planteado muchas preguntas, entre otras acerca de la capacidad de perdonar, la capacidad de dialogar y los límites entre la pasión y el fanatismo.

¿Es posible perdonar sin que previamente te hayan pedido perdón?. No estoy muy segura. Debo ser poco generosa, pero creo que en ese caso puedo llegar a archivar -sin olvidar- el agravio en un cajón mental para que no me haga daño e incluso conseguir no alimentar resentimiento ni sed de venganza. Pero perdonar, perdonar… no lo sé.

¿Es posible dialogar con un asesino que te está apuntando con una pistola y está dispuesto a matarte?  Yo creo que me pondría a hablar, pero si acaso para distraerlo, hacer tiempo, embaucarlo… en definitiva para intentar huir o salvarme. Pienso que eso no sería exactamente diálogo.

¿Es posible pillar el momento en que una pasión deja de ser una buena cosa para convertirse en una arma destructiva para uno mismo y para los demás? Sin nadie que nos apoye y nos cante la verdad, incluso a riesgo de perder la amistad, lo veo difícil.

En cualquier caso, después de Patria necesito creer en la esperanza. No olvidar que hoy ha amanecido como la primera mañana, y el mirlo ha cantado como el primer pájaro. Nos lo contó Cat Stevens y nos lo cantan Art Garfunkel y Diana Krall en esta bellísima Morning has broken.

Cada día es una nueva oportunidad de cambiar las cosas.

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