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Mañana hay elecciones en Catalunya. Hace tiempo que voto sin absoluto convencimiento, con regular entusiasmo o adhesión a la opción política escogida.

Ostras, es que tengo muchas dudas. A veces me pesa mi asqueroso sentido práctico y me digo a mí misma: no votes a éstos, que no tienen mucha idea… Otras veces pienso: bueno, es igual, los voy a votar aunque sé que se van a equivocar -y me va a doler- de vez en cuando, pero merecen una oportunidad y me siento identificada con lo que defienden…

En esta ocasión me he preguntado lo que de verdad me importa. Y al menos quiero ser coherente con eso.

Me importa la pendiente de precarización en la que estamos resbalando hace años y me repugna el egoísmo de aquellos que se enriquecieron con la crisis económica.

Me importa que vivir con un mínimo de condiciones dependa demasiado de unas oportunidades laborales que uno no controla. Ojalá algún día podamos conseguir la renta básica universal. Y me revuelven el estómago los mensajes tipo el que no trabaja es porque no quiere.

Me importa que la educación no obtenga la pasión y la centralidad que merece en los presupuestos. Y me entristece que tantos niños y niñas en nuestro país se pasen su período de escolaridad obligatoria intentando subir por las escaleras de bajada, sin alcanzar nunca a los que suben cómodamente es ascensor.

Me importa que la sanidad pública se haya precarizado, que falten tantos profesionales de la salud y que todavía los cínicos afirmen que gastamos demasiado, cuando en realidad lo que ocurre es que ingresamos demasiado poco porque la evasión fiscal es catastrófica.

Me gustaría que los políticos honestos, que los hay en muchos partidos, pudieran ponerse de acuerdo y gobernar juntos. Y si hubiera listas abiertas, mi apuesta sería ciertamente ecléctica.

Pero como esto no va a pasar, me adhiero a aquellos que de manera más firme manifiestan su determinación de cambiar todo esto.

 

 

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