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Por defecto voy a ver todas las películas donde el paisaje, sobre todo la montaña, es el elemento protagonista o al menos destacado.

Reconozco que incluso películas bastante malas como Máximo riesgo  o Límite Vertical, llenas de errores técnicos, las debo haber visto dos o tres veces. Por no decir cuatro. ¡Ya es vicio!

Me atraen estas películas porque el paisaje tiene para mí un significado tan potente como la trama, los personajes o la relación entre ellos. A veces más. En realidad acabo metiéndome de lleno y empatizando con la naturaleza que exponen. Casi siento el frío, el viento, el calor, el hielo, la lluvia… como si estuviera en el mismo rodaje.

Por eso no dudé en escoger hace unos días La montaña entre nosotros. Hay que decir que no tiene una crítica excelente: las revistas especializadas o la dejan medio bien o la dejan mal del todo,  aunque todas ellas salvan la fotografía.

Pero a los cuatro montañeros que fuimos a verla nos encantó, y no sólo por el paisaje maravilloso que había actuado de reclamo a la hora de escogerla, sino también por el relato, lo más criticado de la prensa especializada.  ¡Una vez más, no coincido con ella a la hora de valorar una película!

La trama me transportó a situaciones no tan extremas pero si bastante complicadas que he vivido en ocasiones. Por ejemplo, en el Perdiguero, un pico de 3.000 metros de mi amado Pirineo Aragonés.

Íbamos dos monitores y 13 jóvenes, sin duda un grupo demasiado numeroso. Todo discurría razonablemente bien, teniendo en cuenta que se trataba de alta montaña y que a la larga aproximación al collado Ubago le sigue un interminable cordal de bloques graníticos hasta la cima.

Contra todo pronóstico, al coronar el pico se nubló el día de repente y en apenas unos minutos descargó una tormenta eléctrica peligrosísima. En mi caso ¡no era la primera vez que el Perdiguero mostraba su cara más hosca! Lo que no me esperaba es que fuera reincidente. Por eso sospecho siempre que esta montaña arisca está vivita y coleando.

Los jóvenes se atemorizaron y los monitores por supuesto también. Nos marcamos una hoja de ruta para focalizar y fragmentar psicológicamente el esfuerzo en escapar de la tormenta: primero, llegar al collado; segundo, alcanzar la zona de nieve; tercero, llegar a la hierba bajando por el pedregal y encontrar el sendero; cuarto, alcanzar los primeros árboles; quinto, entrar en el bosque; sexto, llegar al campamento. Todo ello generó entre los jóvenes afecto y responsabilidad hacia los demás.

Exactamente esto es lo que ocurre con los protagonistas de La montaña entre nosotros: en la parte central de de la película vives con ellos su lucha por la supervivencia marcada por etapas, en cada una de las cuales superan dificultades que les van acercando más el uno al otro.

No deja de ser una metáfora para cualquier reto en la vida: si no lo fragmentamos en hitos más pequeños, la meta resulta inalcanzable, nos desmoralizamos y sucumbimos al desánimo.

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