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Hasta que no tenga éxito profesional no me voy a permitir ser solidario – afirmaba sonriendo uno de mis estudiantes de administración de empresas – primero hay que sacar adelante la carrera, luego tener un buen empleo, y luego llega el momento de pensar en los demás.

¡Cómo he recordado esta frase leyendo el sorprendente y magnífico discurso del jesuita David Fernández a la sociedad de egresados de administración de empresas de la Universidad Iberoamericana! Me llegó este texto por dos amigos, Pepe Menéndez y Ale Gimelli .

La verdad es que el estudiante en cuestión probablemente formulaba en voz alta los que otros, más prudentes, no se atrevían a decir. Y seguía su propia lógica, que es la de considerar la solidaridad como algo separado de su vida, casi como objeto decorativo de cierto valor, pero al mismo tiempo prescindible.

Como denuncia David Fernández, se trata de la ética que propone la generosidad como sustituto de la justicia: Lo que en realidad decimos es: haz dinero de la forma en que lo hace todo mundo, y luego regresa algo por medio de un donativo, o mediante la creación de una fundación, o con alguna acción que tenga impacto social, o añade algunos comentarios compasivos al pie de tus análisis (…) Hablamos mucho de dar más, pero no hablamos de quitar menos.

La generosidad, siendo en sí misma una noble actitud, no puede sustituir la justicia social. Dejemos a la generosidad florecer en el espacio de las relaciones personales, porque para las relaciones sociales, para ubicarnos como ciudadanos en este mundo, lo que necesitamos es compromiso auténtico con los derechos humanos.

Si tuviera una máquina del tiempo le daría unas cuantas vueltas a la manivela y me situaría tres años atrás, frente a los estudiantes sonrientes que aplazaban su momento de ser solidario. Aprovechando mi condición de profe que puede poner deberes y lecturas obligatorias, les hubiera hecho leer íntegro el discurso de este señor. Y, sobre todo, les hubiera hecho reflexionar sobre uno de sus párrafos:

¿Necesita el mundo socios de Goldman Sachs asesorando mujeres o dando dinero a las escuelas de niños pobres, o más bien socios de Goldman que arriesgan todo para decir: “la forma en que mi compañía hace negocios no es correcta, y pelearé para hacer de Goldman un ente social positivo en lugar de un vampiro extractor de recursos, aun si eso me cuesta el trabajo”?

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