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Tres estudiantes muy simpáticas me vinieron a buscar al acabar el evento. Nos han dicho que era con usted con quien teníamos que hablar, anunciaron sonrientes.

Bueno, ellas tenían mucho interés y veinte años y yo tenía tiempo, curiosidad y bastante sed. ¿Qué tal si tomamos algo fresquito y me contáis?

Nos sentamos en una mesita del bar e inmediatamente sacaron sus libretas y bolígrafos. Eran de una universidad privada y estaban estudiando algo parecido a una alternativa moderna a la administración de empresas, con acento en la autonomía personal, las habilidades, la toma de decisiones, la creatividad… más o menos.

Me contaron que, como trabajo de final de curso, iban a montar una especie de campamento de verano itinerante, en tren y por Europa, con la finalidad de que jóvenes de 14 a 18 años se impregnaran de estímulos culturales diferentes y descubrieran su talento. Una especie de viaje iniciático.

La idea era que, al final del viaje, cada participante desvelara a los demás qué había descubierto, y, si era posible, hacia donde quería orientar su talento.

¡Qué interesante! -opiné- pero… decidme una cosa, ¿qué pasa si uno de estos jóvenes cuenta a los demás que lo que quiere hacer con su talento es desarrollar una startup tecnológica para servir a la causa neonazi?

¡Nooo!, dijeron al unísono, horrorizadas ¡eso no puede ser!  

¿Cómo que no?- respondí para provocar un poco- si lo que queréis es alimentar el talento y el chico cree que el suyo va por ahí…

¡Pero hay unos valores! repusieron inmediatamente.

¿Ah, sí?, ¿cuáles? No me habéis hablado de ellos…

Continuamos la discusión hablando de valores y la importancia de explicitarlos.También les comenté cómo el talento puede orientarse en cualquier dirección y cuántas personas desalmadas son, al mismo tiempo, inteligentes y talentosas.

Mirad sino a Osama Bin Laden – puse como ejemplo – ¿es que el hombre no tenía talento?

Se quedaron calladas, con cara de poker…

¿No sabéis quien era Osama Bin Laden? No, no lo sabían. Les dije que lo buscaran en San Google bendito. Rápidamente lo apuntaron en sus libretas.

Ya más calmadas, comentaron que les preocupaba cómo las adolescentes que ellas conocían estaban todo el día pendientes de su aspecto físico, de la moda, de cosas totalmente superficiales…

¿Como las Kardashian? -pregunté yo.

¡Sí, exacto, parece como si se quisieran parecer a ellas!. Volvieron a sonreír. ¡Esa sí se la sabían!

No quiero sacar conclusiones injustas de lo que tan sólo es una anécdota, pero… ¡para que luego alguien opine que los conocimientos no son tan importantes en la educación como los procedimientos!

 

 

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