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Cada vez que me toca reflexionar con educadores acerca de la evaluación en proyectos de aprendizaje-servicio llega un momento en que nos percatamos que no compartimos suficientemente con los chicos y chicas qué cosas realmente pueden aprender.

Parecería como si los objetivos de aprendizaje y el camino para conseguirlos a través de las actividades acabaran siendo más bien una estrategia oculta de los educadores.

Pero si los chicos y las chicas no se proponen de manera explícita objetivos de aprendizaje difícilmente van a concentrarse en alcanzarlos, difícilmente van a tomar las riendas de su formación, que es lo que todos perseguimos.

¿Qué te parece, tú qué puedes aprender con este proyecto? Ésta debería ser una pregunta frecuente en los proyectos ApS una vez los chicos y chicas ya visualizan en qué va a consistir la acción de servicio a la comunidad en la que se han comprometido.

Reflexionar sobre ello y responder esta pregunta exige haberse planteado otras para acabar teniendo las cosas muy claras: ¿Qué vamos a hacer? ¿Por qué lo vamos a hacer? ¿A quién estaremos ayudando? ¿Cómo se hace esto? ¿Cómo nos organizaremos?

Trazar un camino, tener una hoja de ruta que no sea sólo colectiva, sino también individual, es una herramienta educativa poderosa. La confusión no ayuda, es la claridad la que rema a favor del protagonismo y autonomía.

Hace un tiempo tuve el privilegio de coordinar un seminario sobre la evaluación de los aprendizajes en los proyectos ApS con educadores experimentadísimos como Laura Campo, Anna Carmona, Jaume Fabró, Pere Farrés, Jordi Ibáñez, Josep Antón Mercè, Lourdes Ruíz y Dolors Sabater.

En este seminario abordamos cuestiones como el protagonismo de los jóvenes en el planteamiento d elos objetivos de formación, y nos fueron de gran utilidad las aportaciones de especialistas en evaluación:

 

 

 

 

 

 

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