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Si entrabas en el aula y observabas, lo que veías era aun puñado de adolescentes intentando enseñar cuatro cosas de informática a personas mayores: buscar información en internet, escribir un email, mandar una foto… ¡Generalmente lo conseguían!

Era un proyecto educativo de aprendizaje-servicio sencillo y utilísimo, pero los educadores de los adolescentes no acababan de sentirse del todo satisfechos, no por el proyecto en sí, sino porque se liaban como la pata de un romano a la hora de describirlo. Cuando escribían algo sobre el proyecto tardabas media página en entender de qué demonios se trataba.

Tenemos que aclararnos, profundizar en lo que hacemos, definir mejor lo que pretendemos, dijeron, y se enfrascaron a debatir horas y horas: que si la superación intergeneracional de la brecha digital, que si los desafíos de la sociedad tecnológica, que si…

Uno de ellos tuvo una idea sensata: vamos a preguntarles a los jóvenes qué creen ellos que están haciendo, exactamente. Bueno, pues los jóvenes no entendían dónde estaba el problema. ¿Que qué hacemos? Está muy claro, ¿no? ¡Enseñar informática a personas mayores!

Pues sí, eso era exactamente lo que hacían. Sin más. Pero los educadores nunca empezaban por ahí a la hora de explicarlo. Se olvidaban de la elemental advertencia de Einstein: No entiendes realmente algo hasta que no eres capaz de explicárselo a tu abuela.

Bendita abuela de Einstein y maldita manía de complicarnos las cosas. La mejor manera de explicar algo para que la gente lo entienda (suponiendo que éste sea el objetivo, claro) es decirlo lo más simple e inteligible posible.

Las explicaciones sencillas construyen imágenes claras, además de generar confianza entre el auditorio. Y luego, sobre una imagen sintética y clara, podemos ir completando, añadir complejidad, detalles, matices, contexto… Hacerlo al revés es poner dificultad innecesaria.

No estoy abogando por infantilizar el lenguaje cuando explicamos algo complejo (y los proyectos educativos siempre lo son), sino por escoger la manera más eficaz de acercar la complejidad a la gente. Se llama generosidad y también requiere un esfuerzo.

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