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¿Durante cuánto tiempo vamos a tener castigadas de cara a la pared a cantidad de palabras cuyo falta principal parece ser el haberlas relacionado en un momento de la historia con el poder retrógrado o el conservadurismo más rancio?

La lúcida reflexión de Antoni Gutierrez-Rubí sobre El espíritu de la política, me anima a ir confeccionando una lista de aquellas que, a día de hoy,  me resultan más necesarias de rehabilitar, al tiempo que meto en el congelador los prejuicios que las desterraron.

En el campo de la educación, algunas palabras mal vistas años atrás han vuelto a casa como el hijo pródigo. Me refiero a el señor esfuerzo y la señora competencia, invitados casi a la fuerza, empujados por las pruebas PISA, Bolonia, o vete tú a saber.

Pero quedan muchas en el destierro y creo que ya va siendo hora de que empecemos a pensar en ello. ¿Sólo se merecen una lectura desconfiada? ¿Nada hay en ellas de valioso para los tiempos que corren?

Entre otras palabras exiliadas:

Espiritualidad: Como dice Toni, hemos reducido lo espiritual a lo religioso. Y no es lo mismo.

Compasión: Todavía nos suena a caridad casposa, y para según qué cosas ya nos sirven solidaridad o empatía. Por lo tanto… ¡fuera! Y de paso nos olvidamos que es un sentimiento básico: la respuesta al dolor del otro, como dice Joan Carles Mèlich.

Sacrificio: ¡Uf! Suerte que llegó el señor Esfuerzo, porque en nuestra sociedad del despilfarro sacrificarnos (o sea aceptar y aguantar las incomodidades, el dolor, las adversidades…)  hasta parece contracultural.

Obediencia : El egoismo cognitivo del que tan bien habla Inger Enkvist y cuatro fantasías sobre el ombligo creativo nos han impedido reconocer que obedecer es bastante necesario, por ejemplo, a la hora de lavarse los dientes, aunque un niño de 5 años no acabe de entender ni asumir del todo porqué debe hacerlo. 

Disciplina: ¿Cómo vamos a sobrevivir sin ella en la sociedad de la sobreinformación, la dispersión de la atención y el despotismo del mercado total? De momento vamos tirando con el señor Autocontrol, que como es de la familia Auto, parece más moderno.

Puntualidad: Lo siento mucho si parezco la señorita Rottenmayer, pero no me resigno a que la Impuntualidad se sentencie como el pecadillo venial y simpático de los españoles.

Pulcritud: Suena a concepto remilgado, como de cuaderno de caligrafía de colegio de monjas de los años sesenta. Pero… ¿es que las cosas limpias, ordenadas, inteligibles, no son mejores que las sucias, dejadas e ininteligibles?

Resultado: ¡El pobre fue atropellado por el señor Proceso! ¿Por qué no pueden vivir juntos?

Me dejo muchas otras palabras. Si tuviera talento para ello -que no lo tengo-  cosería un libro a base de artículos monográficos, cada uno escrito por una persona y destinado a desenpolvar y revalorizar una palabra diferente.

¿Alguien se anima?

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