De entrada, solo quiere jugar y jugar con los abuelos. Y eso es agotador, pero al mismo tiempo reconfortante, porque todavía somos preferibles a las pantallas, lo cual ya es mucho.
Empezamos el viernes por hacer una lista de los juegos a los que íbamos a jugar y también de las actividades que no son exactamente juegos. Luego les adjudicamos un número de orden. Salieron ocho: 1) Leer, 2) Jugar a la sirenita, 3) Jugar al burrito, 4) Jugar a la tienda de disfraces, 5) Pintar, 6) Ir a jugar al parque, 7) Saltar a la cuerda, 8) Ir a comprar la comida.
Bueno, al final alargamos la lista al día siguiente y añadimos el 9) Jugar a la inmobiliaria, el 10) Jugar al avión, el 11) Jugar a dominó, el 12) Ordenar la habitación, el 13) Ayudar en la cocina. El resto de los días más o menos repetíamos la secuencia con algunas pequeñas variaciones. Y el último día le regalé el libro Pilates para niños, que cautivó su atención e hizo que se pasará largo rato imitando los ejercicios.
Para mi nieta lo más atractivo es jugar a “hacer ver que somos una…” y cambiar el espacio: mesas, sillas, juguetes, mantas, lo que sea, para que el entorno se parezca al escenario de lo que queremos ser.
Hay que seguirle la corriente, hacer como que llamas a la puerta, pides cosas, te las da, te dice lo que cuestan, haces como que pagas… Pero llega siempre un momento en que interviene otro factor sorprendente: la llegada de un peluche o un muñeco que está abandonado y lo tenemos que acoger, alimentar, curar y ponerle a dormir. Da igual si estás en ese momento de fantasía en un restaurante, un hotel, una tienda de disfraces o un avión. El mundo, al parecer, está lleno de seres abandonados.
Como estuvo lloviendo y nevando muchísimas horas seguidas, no quedó más remedio también que ver dibujos animados, series y alguna película.
Los dibujos animados tienen su peligro: muchos son demasiado rápidos, excitantes, estéticamente feos, inadecuados para niños y niñas pequeños… Por eso cuando mi nieta pide ver dibujos le advierto que vamos a ver “de los bonitos y tranquilos”. De este tipo vimos dos películas que nos gustaron mucho:
Una es Abominable, la historia de una niña que se encuentra con un pequeño yeti en la azotea de su casa y la odisea para devolverlo a su Everest natal.
Una es ¡Canta! La historia de un koala que quiere revivir un teatro musical, buscando otros animales que quieren convertirse en estrellas de la canción.
Por curiosidad, busqué luego qué críticas tenían y la verdad es que la segunda se salva, pero la primera no tanto. Yo valoré en ambas el ritmo pausado, la capacidad de mantener la atención sin marear a la infancia y la expresión de buenos sentimientos, como la amistad y la perseverancia. No me parece poco.
Pero creo que la próxima vez, sabiendo que, aunque sobre todo juguemos, vamos a tener sí o sí un “momento televisión” voy a seleccionar qué películas o qué series vamos a ver.
En la foto, jugando a la tienda de disfraces: hay que poner las etiquetas con los precios y colgarlos bien para que los vean las clientas.
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