A riesgo de parecer criticona y cascarrabias, no puedo evitar sentirme francamente incómoda con la actitud de algunos progenitores hacia sus hijos e hijas cuando deciden ir a comer todos juntos a un restaurante.

Parto de la base de que “comer en un restaurante” es -o tal vez debería ser- una actividad extraordinaria para los niños y niñas, con todo lo que esto representa. Quiero decir que puedo entender perfectamente que algunas familias no se animen a llevarlos a un restaurante si no están seguras de que sabrán comportarse.

Sin embargo, he identificado al menos tres situaciones en las que tengo que resistir la tentación de levantarme e intervenir (cosa que sería muy contraproducente):

Una de ellas es el abandono total de las criaturas al móvil, obviamente para que se entretengan y no molesten mientras llega la comida. El caso es que muchas veces el uso del móvil ni siquiera se interrumpe mientras el niño o la niña ya está engullendo un plato de macarrones. La verdad es que según como sea la criatura de nerviosa o impaciente, para el resto de los clientes del restaurante casi representa un alivio, pero eso no quita el puntito de tristeza que tiene ese abandono.

Otra situación -que a veces suele preceder a la anterior- es la del padre o la madre que no dejan de pedir opiniones absurdas a los hijos pequeños, del tipo ¿Quieres que acerquemos la silla a la mesa? (cuando ésta está a un metro de aquella), ¿Estás segura de que este plato te va a gustar? (cuando la niña no sabe leer y la carta no lleva fotografías), ¿Qué te parece si alejamos un poco el vaso del borde de la mesa? (cuando el vaso está a punto de caer), ¿Qué te parece si dejamos de golpear el vaso con la cuchara? (cuando en la mesa vecina están ya de los nervios y a punto de invadir Polonia) … Continuamente ponen a la criatura en la tesitura de tomar decisiones innecesarias, que no le tocan. Creo que lo hacen con la buena intención de implicarlos, responsabilizarlos, etcétera, pero no tienen en cuenta lo artificial de poner el sentido común como algo opinable por parte de los niños y niñas.

Finalmente existe otra situación más desesperante todavía, y es la de las familias que dejan a los hijos sueltos para que campen y correteen a sus anchas por todo el comedor sin un mínimo de respeto hacia los demás. A veces, si son varias familias con criaturas las que acuden juntas al restaurante, colocan a todos los niños y niñas juntos, en un extremo de la mesa, y los padres y madres en el otro extremo, pasando de todo y generando un gallinero ruidoso y exasperante. Es otro tipo de abandono.

Es normal que los niños y niñas no puedan estarse mucho tiempo quietos en un restaurante. Quizá incluso tienen hambre y están impacientes y malhumorados. Por esto hay que llevar encima algunos recursos. Cuento los que yo utilizaba con mi hija y ahora con mi nieta:

  • Llevar algo para leer, escribir o dibujar. Actualmente hay unos cuadernos muy monos que se pueden pintar sin riesgo de manchar el mantel, porque tienen hojas que van revelando los colores cuando se les pasa por encima un pincel que lleva agua en un pequeño depósito.
  • Llevar algo para jugar: Por ejemplo, un juego de preguntas y respuestas de esos que vienen en unas fichas alargadas y están nivelados por edades. También sirve, claro, jugar al veo-veo sin moverse de la silla.
  • En caso de niños muy pequeños, puede ser útil que una de las personas adultas, mientras no llegue la comida dé una vuelta con la criatura, incluso salga fuera del recinto y la incite a observar y hablar de lo que ve.

En cualquier caso, hay que preparar a los niños y niñas antes de ir al restaurante, avisarles de la responsabilidad que se contrae en un lugar público y, en ningún caso, dar más explicaciones de las necesarias. El sentido común y las buenas maneras se explican una vez y punto. Dar más explicaciones, como dice Álvaro Bilbao, es justificarse. Y eso no aporta seguridad a nuestras criaturas.

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