Éramos 3 amigos montañeros en ruta invernal. Habíamos escogido el itinerario Núria – Pic de l’Infern – Coma de Vaca – Queralbs.  Nuestra intención era dormir en el refugio de Coma de Vaca. Por precaución, por si nos retrasábamos o bien encontrábamos cerrado el refugio, llevábamos una tienda iglú de tres plazas muy justas.

Salimos de Núria con buen tiempo. Nada hacía pensar en un cambio brusco. Aunque de esto hace más de cuarenta años y las previsiones meteorológicas y de orientación en la montaña no eran tan precisas como ahora. Ni aemet, ni meteoblue, ni organic map, ni teléfonos móviles, ni GPS, ni nada parecido.

Subimos con crampones y piolet al Pic de l’Infern. Más o menos 900 metros de desnivel desde el Santuario de Núria. Al descender hacia el valle de Coma de Vaca empezó la pesadilla.

De repente, se nubló el cielo, bajó la temperatura, empezó a nevar, un viento furioso levantaba la nieve y nos rodeaba una blancura terrorífica. Era el torb. No se veía nada. Tuvimos claro que al refugio no llegábamos, así que montamos la tienda como pudimos y nos dispusimos a pasar la peor noche en la montaña, con la esperanza de que al día siguiente se hubiera calmado el torb.

No pudimos pegar ojo. El viento era tan fuerte y agresivo que doblaba los palos de la tienda hasta casi rozar el suelo. En el interior de la tienda, los tres aguantábamos los palos por dentro para evitar que se rompieran. ¡Menos mal que eran flexibles!

Por suerte, de madrugada desapareció el torb, mejoró la visibilidad y pudimos bajar hacia el refugio, eso sí, hundiéndonos en la nieve hasta las rodillas. Siempre pensamos que nos habíamos salvado de milagro, gracias a llevar una tienda “por si acaso”.

La semana pasada fuimos a ver Balandrau, viento salvaje y revivimos nuestra historia. Recomiendo vivamente esta película. Extraordinariamente bien hecha, con una actuación impresionante. Te mantiene con el corazón en un puño, aunque sepas el final. Un relato sobrio y realista de cómo la mala suerte nos puede sorprender en cualquier momento.

Ojalá la vieran todas esas personas que van a la montaña sin respetarla lo suficiente, con esa actitud consumista de quien va a pasar el día en un centro comercial. Pero no quiero ir de sobrada. Yo también he cometido errores en la montaña. Algunos podían haber acabado bastante mal. Sólo cito dos, derivados de sendas equivocaciones frecuentes:

En agosto de 1982 estuvimos en Perú, en la Cordillera Blanca. Desde Huaraz, población que suele ser punto de partida de muchas expediciones, quisimos ascender al Nevado Pastoruri, un pico de 5240 m, poco técnico, pero con nieve, hielo, grietas profundas y la dificultad de moverse a gran altura. En aquella época no había ni pizca de turismo en la zona. Era una ascensión en medio de la soledad absoluta, en medio de la nada.

Aunque íbamos bien equipados y entrenados, nadie sabía dónde estábamos. Sin móviles ni walkie talkies la posibilidad de comunicarnos en caso de accidente era nula, acentuada por el aislamiento. Salió bien, pero fue una imprudencia tremenda por nuestra parte.

Años antes, escalando la vía Vicenç Barbé en el Pedraforca, una montaña calcárea de 2500 m, nos percatamos al llegar a pie de vía que habíamos olvidado los cascos. Olvidando también el sentido común, iniciamos la escalada como si tal cosa. Al cabo de cien metros empezaron a caer piedras que pasaban silbando a escasos centímetros de nuestras cabezas y tuvimos que regresar, maldiciendo nuetsra negligencia. No llevar el equipamiento adecuado es un error que se puede pagar muy caro.

La verdad es que Balandrau, viento salvaje, nos ha movido a reflexionar de nuevo sobre nuestras precauciones a la hora de ir a la montaña. ¿Serán las suficientes? ¿Serán las adecuadas para el momento histórico de cambio climático que también se nota -¡y mucho!- en la montaña? No existe el riesgo cero, pero si sufro un accidente en la montaña, prefiero que sea por mala suerte que por imprudencia.

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