Nuestro primer día de clase

Entrevistes amb els estudiantsUno de los pequeños placeres de las vacaciones de verano es jugar a cartas en el cámping por las noches, normalmente con adolescentes con los cuales nos divertimos muchísimo.

Este año les he enseñado a jugar al continental, aunque rara vez acabamos la velada sin hacer un burro, el juego bestia,  sin apenas estrategia, despiadado, que te acelera el corazón y seguro que no es bueno para el colesterol.

Por supuesto ellos me enseñan muchos más, que acostumbro a olvidar durante el curso y así al verano siguiente vuelven a sorprenderme.

El caso es que esta mañana ha sido el primer día de la asignatura de Entrenamiento al Liderazgo Social después de las vacaciones, y empezamos con entrevistas con los nuevos estudiantes.

Un primer ejercicio de comunicación en público consiste en preparar exposiciones de 1 minuto sobre un tema que les toca al azar.

Podría distribuir los temas al azar, escritos en papelitos y punto pelota, pero como todavía tengo el regustillo de los naipes del verano, pongo los temas en un juego de cartas en blanco y así adquiere un toque maverick la cosa.

Aparte de los naipes, saco una caña de pescar invisible, aunque aviso que la llevo encima. Sirve para pescar sorpresas y talentos entre los estudiantes, que luego intento explotar en el aula.

Uno canta, otras aprendieron a tocar el violín, otros hicieron teatro, algunos han dado clases e incluso conferencias, otros navegan y pescan…

Aunque se acabaron mis vacaciones… ¡empiezo otra edición de la asignatura como un viaje a la isla del tesoro!

El final de un perfecto equilibrio

Un perfecto equilibrio¡No me lo esperaba!  Me dejó con el corazón encogido el desenlace de la novela Un perfecto equilibrio, de Rohinton Mistry.

Siempre me encanta leer alguna novela ambientada en los lugares que visito y Montse me la había recomendado para acompañar nuestro viaje a la Índia.

Me había sumergido de cabeza en esta maravillosa novela, había sintonizado totalmente con los cuatro protagonistas y estaba convencida de que todo acabaría bien.

En mi imaginación volaban varios finales deseables: Dina volvía a montar su taller clandestino de costura; Manneck recuperaba el paisaje de su infancia y el negocio de su padre; Ishvar y Omprakesh regresaban del pueblo con una esposa para este último, que no era, por supuesto, la que habían escogido para él…

Bueno, pues no. Rohinton Mistry, que te atrapa y te arrastra desde las primeras páginas de la novela, no hace ninguna concesión a la sensiblería.

Llegué al trágico desenlace escogido por el autor al mismo tiempo que nos sobresaltaba a todos la noticia de la decapitación del periodista nortemericano a manos de la Yihad. Una doble bofetada de realidad.

Y la sospecha de que la crueldad nunca duerme ni se relaja, sólo muestra una pequeña punta de su macabro iceberg y en cualquier, cualquier momento puede romper nuestro minúsculo y fràgil equilibrio.

 

 

 

Santa Paciencia

Santa PacienciaSiempre me sorprendía el que mi hija me describiera en la escuela como una mamá con mucha paciencia. Porque nunca ha sido ésta mi virtud, la verdad. No sé de dónde lo sacaba…

Soy impaciente y tiendo a precipitarme. ¡Incluso les parezco hiperactiva a algunas personas! De manera que mi reciente estado casi-reposo me está resultando una experiencia nueva.

Hace diez días me lesioné al final de una jornada deportiva con los niños de Pondicherry. ¡Suerte que fue al final! Cual Messi, Piqué o Pujol -que yo no me ando con chiquitas- me autoprovoqué una rotura fibrilar isquiotibial.

O sea, un dolor de narices y una inmovilidad terrorífica durante la primera media hora. Luego, poco a poco, fui recobrando algo de movimiento y puede acabar cojeando, soplando y con ibuprofeno mi periplo por la Índia.

Pues ahora estoy en proceso de recuperación. Lo que significa sobretodo caminar y moverme muy despacio.  Redescubrir la lentitud, con toda la frustración que supone olvidarme de entrenar por unas semanas… tal vez meses, snif.

Pero también con la ventaja de ver el entorno de otra manera. La vida lenta también es vida. De hecho, siempre creí que las rocas están vivas y no muertas, sólo que sus tiempos son diferentes. Ahora me identifico más que nunca con el mundo mineral.

Me salto el vegetal y no exagero: Las ramas de los árboles meneándose anárquicamente por el viento me resultan demasiado agitadas.

Una nueva santa en mi santoral particular.

 

 

 

 

 

Incapaz de resumir India

Temple¡Con lo que me gustan los esquemas, las síntesis y los resúmenes de pocas palabras!

Pues esta vez va a ser que no, no me veo capaz de resumir nada de lo vivido en el sur de Índia.

Me conformo con recordar los impactos y los contrastes. Los voy a guardar con mimo, por si alguna vez me veo con ánimos de montar el puzzle.

Una idea fuerte me sirve de eje para ir ensartando las piezas: éste es el mundo real, el mundo de las tres cuartas partes, en dónde nosotros en realidad no vivimos.

Motos con cuatro pasajeros y ninguno con casco. Basura y escombros por todas partes y mujeres con flores de jazmín en el pelo. Comida picante y, sin embargo, digestiva. Todo el mundo suda y nadie huele mal… ¿será la alimentación?

CarrerLa inocencia de los niños que piden hacerse una foto contigo, pero no te piden la foto. Científicos de altísimo nivel sujetos en su vida personal a costumbres arcaicas.

El miedo de pasar mucho calor y la sorpresa de aguantarlo. Ríos enormes sin agua y playas inmensas donde nadie se baña.

Espiritualidad intensa y enormes diferencias entre castas. Dioses y templos milenarios por todas partes. Algunos pintados de colores pastel, que recuerdan vagamente la estética de las fallas.

Carteles y vallas publicitarias omnipresentes. Austeridad y despilfarro.

RajolesCaos en las ciudades, tráfico infernal. Cuervos en lugar de palomas y gaviotas. Ardillas en lugar de gatos. Más cabras que vacas, pese al tópico.

Los niños y niñas de la jornada deportiva de JAL, alegres y obedientes: una combinación insólita en nuestro país…

Nandri a Pondicherry, Thanjavur, Chettinad, Trichy, Madurai, Chennai. Nandri a los artesanos de las baldosas, a los recolectores de anacardos, a los vendedores de especias, a los tejedores de saris y panjavis.

Nandri a los adoradores de Brahma, Shiva, Parvati, Vishnu, Ganesh, a los conversadores y filósofos callejeros.

Nandri a todas las personas hindús, musulmanas, católicas, gipsy, que impulsáis JAL. Os llevaremos siempre en nuestro corazón.

La fragilidad de los ejemplos vivos

We don't need another heroHace unos días,  todavía bajo la sacudida de la confesión de Jordi Pujol, iba yo dando vueltas a la influencia que ejercen sobre nosotros las personas que consideramos modélicas.

Nunca me conté entre los miembros del club de fans de Jordi Pujol, aunque comprendo la fascinación que suscitaba entre muchísimas personas que ni siquiera le votaban.

Creo que la fuerza de su figura residía en la imagen de autenticidad, compromiso y referencia a los valores cívicos y morales. Para muchas personas era inconcebible suponerle una doble moral.

Bueno, también para mí. Si no me gustaba mucho era por otros motivos, pero nunca hubiera imaginado tal abismo entre lo que predicaba y lo que llegó a hacer, porque creía en su honradez.

A otro nivel de decepción, hace unos años supimos del engaño de Enric Marco, el preso que nunca lo fue del nazismo, a quien conocí personalmente y me inspiraba también mucho respeto.

Todo esto me provoca reflexiones contradictorias: creo que en educación necesitamos inspirarnos en personas modélicas, ejemplos vivos de los valores más nobles.

Pero el riesgo de entronizarlas e hiperidealizarlas es alto. Y si afloran los aspectos más mezquinos que todos tenemos -y ellas también- acabamos provocándonos un amargo escepticismo.

A diferencia de lo que cantaba Tina Turner, yo sí creo que queremos algo más que la vida fuera de la cúpula del trueno y necesitamos héroes. Pero conscientes de que a veces nuestros héroes se equivocan y mucho. Y entonces, dejan de serlo.

Sobran dos millones

School Bus SpringfieldNo hace mucho, en una reunión informal con pocas personas, un ex-mandatario afirmó rotundamente que en mi país sobraban dos millones de personas.

La frase quedó retumbando unos segundos: dos millones, llones, ones, nes… Silencio tenso, expectante.

Acto seguido, lo justificó diciendo que el país no tenía capacidad para soportar tanta gente. Algunos (bueno, bastantes) tenían que largarse.

Nadie pregunto a quiénes en concreto se refería, aunque el contexto de la conversación apuntaba a a los inmigrantes.

Otra persona del grupo tomó la palabra educadamente para rebatirle la argumentación y, por respeto a la avanzada edad del orador, la discusión no generó más situaciones incómodas.

Sin embargo, lo de los dos millones de gente sobrando a mí si que me generó una imagen que me acompañó unos cuantos días.

Me imaginaba una flota de autocares amarillos, como el del cole de Bart Simpson, pero blindados como el de aquella película de Clint Eastwood de la cual no recuerdo el nombre.

Autocares 100% seguros, indestructibles, deportando sin parar personas indeseables y limpiando el país de algunas maldades. Y, sí, la verdad es que yo les ponía nombre y apellidos a más de uno:

Los estafadores, los defraudadores, los que evaden impuestos, los que roban o se enriquecen a costa de los demás.

Los violentos y machistas que desprecian a las mujeres, las acosan, las humillan y les roban la salud física y mental.

Los xenófobos y los fanáticos fundamentalistas…

Uf, la lista es larga. Tal vez dos millones sería insuficiente. School Bus SpringfieldMira por dónde el ex-mandatario tenía razón.

¿Qué aprendiste en el campamento?

Tenda i mapaSin duda ésta es una de las preguntas más interesantes que podemos hacer a nuestros hijos cuando vuelven de campamentos.

Hubo un tiempo en que las asociaciones juveniles y de educación en el tiempo libre que organizaban estas actividades rechazaban cualquier actuación que se les antojara demasiado cercana a la escuela.

Eso significaba que en los campamentos no se solían llevar a cabo actividades cuyo objetivo fuera adquirir o fortalecer conocimientos (eso sonaba a “demasiado escolar”).

El foco se ponía en la educación en valores y actitudes: autonomía, compañerismo, respeto, responsabilidad… Valores que, en cualquier caso, no se evaluaban. Todo era bastante implícito, casi por ósmosis.

La parte fuerte, entonces, era la ética; la parte débil, la cognitiva y la parte “intermedia” la de las habilidades y destrezas funcionales, que en realidad podían llegar a tener bastante impacto en los campamentos más robinsonianos: plantar la tienda, orientarse con el mapa y la brújula, hacer la comida…

Desde hace unos cuantos años todo esto ha cambiado. Para empezar, a las entidades sociales que tradicionalmente impulsaban campamentos les salió la competencia de las agencias de colonias en inglés; de los clubs deportivos y sus campus olímplicos; de iniciativas privadas o públicas que ofrecen campamentos sesgados por una especialidad, y esa especialidad es la que concreta los aprendizajes.

La verdad es que en estas ofertas a las familias les queda bastante más claro qué es lo que van a aprender sus hijos. Y ninguna de estas iniciativas tiene porqué hacerlo mal o despreciar la educación en valores. Al concretar una especialidad, vertebra y visualizan mejor los aprendizajes.

Creo sinceramente que las entidades sociales deberían poner en valor lo que ya antes era poderoso -la educación en valores y actitudes- pero, al mismo tiempo, deberían integrar sin prejuicios trasnochados actividades que de manera explícita potenciaran los conocimientos. Deberían concretar y exponer más y mejor la educación integral que pueden ofrecer.

Y eso deberían hacerlo no por superar la competencia con las otras iniciativas, sino por hacer justicia a los mismos campamentos, por no desaprovecharlos.  Porque:

¿Qué mejor lugar para aprender los nombres de las estrellas?

¿Qué mejor lugar para aprender geografía, historia, patrimonio cultural, tradiciones…?

¿Qué mejor lugar para integrarse como ciudadanos en el paisaje, que es uno de los signos de identidad más potentes?